Por: Juan Manuel Cao

La autobiografía de Carlos Alberto Montaner es la autobiografía de todos. Sus memorias personales, pero también las de Cuba, y el exilio. Sin ir más lejos (Penguin. Random House) su último libro, es el menos egocéntrico que haya parido el género.

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Pero no por ello deja de ser una obra íntima. Lo que pasa es que Montaner, incluso cuando nos acerca a los pormenores de su vida, lo hace mirando en derredor: nos toma de la mano y nos presenta a sus amigos, a quienes sufrieron y a quienes rieron con él, a quienes le ayudaron a luchar, a fugarse de la cárcel, a pelear en el exilio, a fundar una coalición de partidos políticos, a recorrer medio mundo para desenmascarar el castrismo.

Montaner, incluso, nos presenta a sus enemigos: a los personales y a los de Cuba. Es un texto generoso, como el propio autor. A quienes le conocemos nos consta. Por eso nada nos asombra que dedique varias páginas a destacar todo lo positivo de aquellos compañeros de ruta, que, a pesar de estar en el mismo bando, le hicieron la guerra, o lo criticaron por razones mezquinas y pueriles. No se los saca en cara, no hay para ellos una línea de rencor, porque no lo hay en su corazón. Los que no tenemos esa virtud, se la envidiamos.

El sello distintivo de la personalidad de Carlos Alberto, es su mesura, su buen temperamento. Carlos es, como dirían en mi barrio, un tipo suave: de hablar pausado y gesticulación controlada: no manotea, no se anda con aspavientos, jamás alza la voz. Así es también en la política. Si Varela “nos enseñó a pensar”, Montaner nos enseñó a reflexionar. Que sigamos sin aprender no es culpa suya. Ni de Varela. En este otro sentido el libro es también una gran reflexión sobre el pasado y el posible futuro de nuestra tragedia nacional. Memoria y ensayo a la vez.

La otra cualidad distintiva del carácter de Montaner es su afilado sentido del humor. Ameno en la conversación, temible en el debate, rapidísimo en el contraataque: lo he visto aniquilar a más de un inflado contrincante con un chiste oportuno, ingenioso y clarificador. Sin ir más lejos está escrito con ese mismo espíritu lúdico. Es un libro, pues, para reflexionar, pero también para reír: de nuestras genialidades y, claro, de nuestras estupideces. Un compendio de esa simplona y a veces intricada psicología que nos marca. Y hablo en plural, porque, repito, estas son unas memorias atípicas, escritas en plural, en una voz colectiva en la que todos nos sentiremos identificados. Como en La colmena de Cela, o en Fuenteovejuna.

Digo más: las memorias de Montaner nos hablan del futuro. No rememora el pasado con nostalgia, no lo glorifica, lo disecciona. Porque se trata de un hombre moderno, de ideas avanzadas, un hombre del futuro, y toda su obra está escrita con esa luz larga. Toda. Desde la ficción hasta la ensayística. Montaner es, no tengo dudas, nuestro mejor ensayista político.

Y, para terminar, Sin ir más lejos es un libro de confesiones: algunas profundamente dolorosas, otras, impúdicas e hilarantes. De modo que a los amantes del chisme les encantará.

En fin. Tengo mucho más que decir. Me gustaría abundar, pero me abstengo. No quiero estropearles la lectura. Sólo les pronostico que van a divertirse y emocionarse, van a aprender y a discutir con lo leído. Y presiento que, Sin ir más lejos, llegará más allá de lo que el autor se propuso.

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