domingo 8  de  febrero 2026
ARTES VISUALES

El rojo como territorio: el universo simbólico del artista cubano Antonio Guerrero

El artista disfruta especialmente el momento inicial del proceso, cuando el lienzo se cubre de rojo y las formas comienzan a aparecer casi sin pensar

Por Heidy Hidalgo Gato

MIAMI.- El artista visual cubano Antonio Guerrero ha construido un lenguaje pictórico inconfundible donde el color rojo, el simbolismo y la memoria del exilio se articulan en escenas de alta carga emocional. Su obra, poblada de animales, figuras humanas y signos recurrentes, propone un diálogo constante entre belleza, tensión y conflicto interior.

La obra de Antonio Guerrero se reconoce de inmediato. Fondos rojos intensos, figuras simbólicas y una tensión persistente entre belleza y conflicto configuran un universo visual que no busca ser complaciente. Para el artista, ese lenguaje no surgió de una decisión consciente, sino de un proceso de decantación personal. “Empecé a encontrar mi lenguaje cuando entendí que podía mezclar la intensidad de mi historia personal con un imaginario propio de animales, figuras humanas y símbolos que se repiten como un alfabeto íntimo”, explica. Fue el momento en que dejó de copiar influencias externas y comenzó a escuchar aquello que regresaba una y otra vez al lienzo.

El rojo ocupa un lugar central en su obra. No es solo una elección cromática, sino una postura emocional y conceptual. “Es color, emoción y declaración”, afirma. Representa simultáneamente la energía de la vida y la violencia, la pasión y la alerta. Funciona como un fondo de tensión constante, como si cada escena ocurriera bajo una luz de emergencia permanente. Ese rojo condiciona la lectura de la imagen y sitúa al espectador en un estado de alerta sensible.

Las figuras que habitan sus cuadros parecen suspendidas entre lo real y lo onírico. Nacen de recuerdos fragmentados, de animales observados en la infancia, de la imaginería religiosa y del teatro cotidiano de la calle cubana. A todo ello se suma la fantasía que aparece cuando se vive lejos y la memoria comienza a deformar la realidad. Guerrero observa el comportamiento humano, sus gestos y contradicciones, y los traduce en cuerpos, máscaras y criaturas híbridas que funcionan como espejos simbólicos.

El simbolismo es el eje de su proceso creativo. Cada caballo, perro, barco, máscara o flor actúa como un signo con múltiples capas de lectura. No hay elementos decorativos ni significados cerrados. El artista busca que una imagen bella contenga, al mismo tiempo, una carga inquietante, y que el espectador pueda leer varias narrativas dentro de una misma escena.

Cuba atraviesa su obra como un trasfondo emocional más que como una referencia literal. Está presente en la intensidad del color, en la teatralidad de las composiciones y en la mezcla de humor y tragedia que recorre sus piezas. Más que pintar paisajes reconocibles, Guerrero trabaja con la sensación de insularidad, de partida y de nostalgia que se filtra en personajes y atmósferas. El exilio, lejos de debilitar esa relación, la intensifica. “Agudiza la mirada del artista”, asegura, porque obliga a verse como alguien “de otra parte”, incluso cuando se intenta integrar. La memoria, la pérdida y la reinvención se vuelven esenciales y terminan reflejándose inevitablemente en la obra.

Aunque no siempre sean explícitos, elementos profundamente cubanos siguen apareciendo en sus cuadros: la música, el sentido del humor, la religiosidad popular y la capacidad de sobrevivir entre carencias. También persiste un clima emocional tropical, una luz intensa y esa sensación ambigua de fiesta y peligro que, muchas veces, coexisten en una misma escena.

El proceso creativo de Guerrero suele comenzar desde una emoción. Una inquietud sin forma que, poco a poco, se convierte en imagen. En ocasiones, una figura o un animal aparece primero en un dibujo rápido y funciona como detonante para construir todo un universo visual. El impulso inicial abre camino, pero a medida que la obra avanza entra en juego la planificación. “Es un diálogo constante entre intuición y control”, explica, sin permitir que uno anule por completo al otro.

El artista disfruta especialmente el momento inicial del proceso, cuando el lienzo se cubre de rojo y las formas comienzan a aparecer casi sin pensar. La etapa final, en cambio, es la más incómoda: cada decisión es mínima pero crucial, y cualquier gesto de más puede matar la frescura de la pieza. Sabe que una obra está terminada cuando ya no puede añadir nada sin sentir que estaría explicando demasiado. Es el punto en que el cuadro “respira solo” y guarda sus secretos.

Guerrero se permite destruir, tapar o abandonar obras que siente vacías o resueltas de manera superficial. Algunas piezas, dice, necesitan convertirse en el fondo de otras, y ese sacrificio forma parte natural del proceso. Frente al mercado del arte, intenta mantener un núcleo de absoluta libertad en el estudio. Escucha la demanda, pero no permite que dicte el origen de las ideas ni la dirección profunda de su trabajo. Aunque reconoce la presión de repetir aquello que funciona, prefiere transformar esa expectativa en una oportunidad para profundizar y no para copiarse.

Sobre el arte cubano contemporáneo, considera que ha ganado visibilidad internacional, pero que todavía se lee muchas veces desde clichés de exotismo, política o nostalgia. Falta, afirma, una comprensión más amplia de su diversidad y de aquellas propuestas que se alejan de los discursos esperados.

Para Guerrero, el arte cumple una doble función: lo salva y lo expone. Pintar le permite procesar conflicto y memoria, pero también deja todo eso a la vista de los demás. Por eso evita conscientemente el panfleto, tanto político como sentimental, así como las imágenes dictadas por la moda del momento. Algunas de sus obras más dolorosas, relacionadas con la pérdida, el exilio y la fe, han sido también las más potentes, cargadas de una dimensión de duelo y reparación.

En la actualidad, se siente en una etapa de “madurez inquieta”. Conoce mejor sus recursos, pero no quiere perder la capacidad de sorprenderse con lo que aparece en el lienzo. Trabaja en nuevas series donde continúan apareciendo caballos, perros y figuras femeninas fuertes, ahora en contextos más abiertos y casi escénicos. Al mismo tiempo, prepara proyectos que conectan su imaginario cubano con influencias mexicanas y estadounidenses incorporadas a lo largo de su trayectoria.

Guerrero sueña con que quien se detenga frente a uno de sus cuadros sienta primero una atracción estética intensa y, luego, una incomodidad suave, como si hubiera entrado en una historia a medio contar. Aspira a que su obra siga dialogando con nuevas generaciones y sea recordada como honesta con su tiempo y con su origen. Para él, seguir creando es una forma de resistencia íntima y de fe: la insistencia en que la imagen todavía puede decir aquello que las palabras no alcanzan, incluso en medio del caos.

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