El teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer planteó una idea incómoda pero que continúa vigente hoy: la estupidez puede ser más peligrosa que la maldad.
El teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer planteó una idea incómoda pero que continúa vigente hoy: la estupidez puede ser más peligrosa que la maldad
El teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer planteó una idea incómoda pero que continúa vigente hoy: la estupidez puede ser más peligrosa que la maldad.
Y la artista brasileña Julia Aumuller quiso compartir en Instagram esta reflexión.
Mientras quien actúa desde la maldad puede reconocer que está haciendo daño y, por tanto, ser confrontado con argumentos, límites o consecuencias, la persona que ha renunciado a pensar deja de cuestionar aquello que hace. No necesita necesariamente odiar, ni siquiera comprender, para obedecer. Basta con que entregue su criterio a una autoridad, a una mayoría, a una ideología o a una corriente de pensamiento. En ese momento, deja de preguntarse si algo es justo o injusto, verdadero o falso, humano o inhumano, porque ha cedido a otros la responsabilidad de decidir por ella.
Según el pastor que conspiró contra Hitler y fue ejecutado en un campo de concentración nazi, lo más inquietante de esta forma de estupidez no es la falta de inteligencia, sino la renuncia voluntaria al pensamiento crítico. Una persona puede ser culta, informada e incluso brillante y, sin embargo, dejar de pensar por sí misma cuando acepta respuestas prefabricadas, repite consignas sin examinarlas o sigue al grupo por miedo a quedarse sola. La obediencia sin cuestionamiento puede convertir al individuo en participante de acciones que, en otras circunstancias, quizá jamás habrían considerado aceptables. Por eso, pensar no es únicamente una capacidad intelectual, también es una responsabilidad moral.
Preguntar, dudar, contrastar y decir “no” cuando algo vulnera nuestra conciencia son formas de preservar nuestra libertad interior.
Frente a esa renuncia, Bonhoeffer afirma que el coraje es la respuesta. Pensar por cuenta propia exige valentía porque implica asumir las consecuencias de no seguir a la mayoría, de cuestionar al poderoso y, en ocasiones, de permanecer solo frente a una multitud convencida de tener la razón. El coraje no consiste en tener siempre respuestas, sino en conservar la voluntad de hacerse preguntas.
En tiempos en los que la información circula de manera veloz y las opiniones pueden convertirse fácilmente en consignas, quizá una de las formas más necesarias de resistencia sea precisamente esa: detenerse, pensar y no entregar nuestra conciencia a nadie. Porque cuando dejamos de pensar, otros pueden pensar por nosotros; y cuando renunciamos a cuestionar, también podemos terminar renunciando, sin darnos cuenta, a nuestra propia libertad.
