Pelé fue un niño que superó sus propios sueños. Cuando tenía 10 años y vio a su padre Dondinho llorar por la derrota 2-1 de Brasil contra Uruguay, en la final del Mundial de 1950 en el estadio Maracaná, lo consoló diciéndole que le daría un título mundial. No solo le dio uno, sino tres. El Rey del fútbol murió a los 82 años, víctima de varias enfermedades, el 29 de diciembre.
Su historia trasciende todo lo alcanzado por un deportista.
En su visita que hizo a Miami el 2014 para promover los relojes Hublot con miras al Mundial de fútbol de ese año en Brasil, Pelé se reunió en el taller del pintor Romero Britto con periodista locales y recordó algunos pasaje inolvidables de su vida.
“En 1961 hicimos una gira con el Santos FC por Africa y se había programado con anticipación un partido en el Congo, pero estalló una sangrienta guerra civil y el encuentro quedó en suspenso”, dijo Pelé. “De pronto las partes en conflicto se pusieron de acuerdo y decretaron un día de tregua para que pudieramos jugar. Y así ocurrió”.
Cuando la revista Time eligió los 100 hombres más importantes del Siglo XX para su edición del final de la centuria en diciembre de 1999, solo dos latinoamericanos fueron elegidos en esa selección. Uno de ellos fue Pelé. Y el artículo lo escribió Henry Kissinger.
El ex secretario de estado nacido en Alemania fue uno de los artífices para que Pelé jugara con el Cosmos de Nueva York a partir de 1975, en un movimiento decisivo para el desarrollo del balompié en Estados Unidos.
“Las actuaciones de Pelé trascienden las de astros del deporte tanto como la de estos astros exceden a las actuaciones comunes”, escribió Kissinger en ese artículo. “Anotó un promedio de un gol en cada uno de los partidos internacionales en los que jugó, lo que equivale a que un jugador bateara un jonrón en cada uno de los partidos de la Serie Mundial durante 15 años”.
Nacido en el pueblecito Tres Coracoes, en el estado de Minas Gerais, Pelé fue descubierto por el internacional brasileño Waldemar de Brito. El niño tenía entonces 11 años, le decían Dico y se ganaba la vida lustrando zapatos. De Brito lo llevó al Santos y le dijo una frase premonitoria a los cazadores de talentos del club paulista:
“Este niño será el más grande jugador del mundo”.
Nadie sabe quién lo bautizó y porqué como Pelé, pero lo que todos saben es que ese chico le dio a Brasil la mayor satisfacción en su historia futbolística, cuando a los 17 años se convirtió en la pieza fundamental para conquistar el Mundial de Suecia en 1958.
La selección auriverde llegaba llena de dudas a dicho torneo, luego de haber fracasado en el Sudamericano de Lima en 1957 y de haber conseguido su clasificación al Mundial tras una angustiosa victoria 1-0 sobre Perú en el Estadio Maracaná.
Desde entonces Pelé se convirtió en una leyenda. Contribuyó a que Santos se convirtiera en bicampeón mundial interclubes y bicampeón de la Copa Libertadores en 1962-1963. Y en 1962 Brasil retuvo su corona mundial, aunque el Rey solo jugó dos partidos en el torneo en Chile, pues quedó fuera por lesión en el choque contra Checoslovaquia.
Ver a Pelé por esos años era la mayor aspiración de los aficionados. Los partidos no se pasaban por televisión ni había YouTube. En esa época los calendarios no eran tan apretados.
Los campeonatos locales terminaban en diciembre y el nuevo torneo se iniciaba en abril. En ese intervalo, los equipos más prestigiosos de Brasil, como Santos, Botafogo, Palmeiras y Flamengo, y de Argentina como Boca Juniors, River Plate y San Lorenzo iniciaban giras para animar lo que se llamaban las “temporadas internacionales”.
Santos cobraba por cada presentación 18.000 dólares, lo cual era una fortuna pues el boleto a popular en los estadios costaba menos de medio dólar. Pelé cobraba por partido 1.000 dólares, que era una locura. Y en los contratos se estipulaba que el Rey debía jugar.
Las giras del Santos empezaban por Argentina y recorrían todo Sudamérica y Centroamérica. En cada país el club paulista jugaba tres o cuatro partidos. Si cambiaban a Pelé se armaba un escándalo y el Rey era obligado a volver a la cancha. Años después fingía una lesión y lo sacaban de la cancha en camilla y el público que abarrotaba las tribunas no protestaba.
En Mexico 1970, Pelé fue el astro que ayudó a Brasil a conquistar su tercer título mundial y quedarse de por vida con la Copa Jules Rimet.
Durante su trayectoria profesional que empezó en 1956 y terminó en 1977 con el Cosmos, Pelé jugó 1.223 partidos y anotó 1.156 goles, más 112 partidos y 95 goles con las selección nacional.
Más allá de las estadísticas, Pelé deja un legado de caballerosidad, respeto y alegría, dentro y fuera de las canchas.
“Con su contagiante alegría, Pelé provocaba que los equipos a los que vencía compartieran el placer de jugar”, escribió Kissinger. “Para ellos no era una desgracia ser derrotados por un fenómeno difícil de emular”.
Tom Mulroy, uno de los mayores impulsores del fútbol en el sur de la Florida y creador de la Copa Latina, enfrentó a Pelé jugando por los Toros de Miami contra el Cosmos, en 1976 en Nueva York, en el otrora torneo de la North American Soccer League, y tiene recuerdos imborrables del brasileño.
“Fue un caballero dentro y fuera de la cancha”, afirmó Mulroy. “Su legado en el fútbol de Estados Unidos se ve en la bonanza de la MLS, la práctica de este deporte por millones de niños en el país y el impacto que tiene ahora en nuestra sociedad”.