En un artículo publicado semanas atrás titulado "¿Subirán los precios, tras el regreso a la normalidad?", DIARIO LAS AMÉRICAS alertaba sobre el incremento de los precios de productos minoristas en el sur de la Florida tras una reapertura gradual de la economía.

Hoy esos pronósticos son una realidad. Los precios que los estadounidenses pagaron por los huevos, la carne, los cereales y la leche se dispararon 2.6% en abril cuando las personas acudieron a los supermercados para abastecerse de alimentos en medio de medidas de confinamientos y cierres de pequeños y medianos negocios para frenar la propagación del COVID-19.

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El incremento ha sido el más alto desde 1974 en el período marzo-abril, lo que da una idea de la magnitud a la que se enfrentan los residentes de Florida y, en especial, del sur del estado con un desempleo por encima del 15%. Miami y Hialeah integran los primeros escaños de la lista de las ciudades con mayor índice de desempleo en todo el país.

El precio en las carnes, aves, pescado y huevos aumentó un 4.3%, las frutas y verduras subieron un 1.5%, los cereales y productos de panadería avanzaron un 2.9% y los productos lácteos ascendieron un 1.5%. Los compradores llegaron a pagar por las posturas de aves un incremento del 16%, respecto a igual período del 2019, donde el valor de la canasta familiar se mantenía entre los más elevados en EEUU.

La caída de los precios en otros renglones fuera de los alimentos refleja el freno abrupto en la actividad económica del país debido al confinamiento, implementado para contener la propagación del nuevo coronavirus.

En el sistema capitalista de libre mercado, la oferta-demanda y la competencia funcionan como reguladores tácitos. Sin embargo, la historia demuestra que después de las crisis económicas y las catástrofes los precios tienden siempre al incremento, pero la amarga experiencia indica también que luego no bajan.

El cálculo de evolución del Producto Interno Bruto (PIB) del primer trimestre del año registró una contracción del 4.8% y se espera que la cifra del segundo trimestre sea mucho peor.

Los problemas en el sistema informático estatal para procesar las solicitudes de beneficios por desempleo han agudizado la agonía de cientos de miles de personas en Florida que no obtienen ingresos desde hace más de un mes, o más de dos en muchos casos.

La Fiscalía Estatal informó que además de las 4.200 denuncias recibidas por los consumidores, también han contactado con más de 5.700 comerciantes sobre acusaciones por subidas de precios, reembolsos y estafas.

Los infractores pueden enfrentar sanciones de 1.000 dólares por violación y hasta un total de 25.000 por múltiples transgresiones.

Debido a la caída abismal del consumo de combustible por el cierre de negocios y el confinamiento, el precio de la gasolina descendió un 20.6%, junto a otros productos, cuyos precios también cayeron por las mismas razones anteriores como ropa, calzado y boletos de avión, por citar algunos.

Según un sondeo de la Reserva Federal estadounidense, el 63% de las personas con título universitario ha podido trabajar desde casa, mientras que quienes sólo tienen certificado de secundaria es el 20%. Esto marca un agudo contraste respecto a octubre del 2019, cuando sólo el 7% de las personas trabajaban desde su hogar.

La realidad en el sur de la Florida es diferente a la de otros estados del país, debido a que un alto porcentaje de la fuerza laboral es de inmigrantes sobre todo hispanos, que no cuentan con un respaldo académico estadounidense y laboran en puestos de un rango salarial entre los 8 dólares por hora y los 13 dólares, sin entrar en el sector de gastronomía, cuyos dividendos no llegan ni a ese índice y dependen de las propinas de los comensales.

Un reciente estudio de la Universidad de Chicago reveló que el 37% de los estadounidenses desempleados se quedó sin comida el mes pasado y que a un 46% le preocupa que se le acaben los alimentos.

Otro trabajo periodístico publicado en DIARIO LAS AMÉRICAS hizo una radiografía de las filas que se hacen en Miami-Dade para comprar alimentos. Buena parte de esas extensas colas las hacen personas que se han quedado sin trabajo y no han recibido ayuda del gobierno estatal, pero los más impactados han sido las personas de la tercera edad, los pensionados y discapacitados, a pesar de las ayudas locales, estatales y federales, a niveles nunca antes vistas en la historia de esta nación.

Dos de cada diez adultos que trabajan en Estados Unidos dijeron que en los últimos 30 días se quedaron sin comida, antes de ganar suficiente dinero para comprar más provisiones. Una cuarta parte de la población laboral activa está preocupada de que ese problemas se convierta en crónico.

No existe nada comparable en la historia de Estados Unidos similar a lo repentino y severo del colapso económico actual: en los dos meses desde que llegó el virus, se han perdido más de 38 millones de puestos trabajos. Analistas estiman que más de la mitad se recuperará tras la reapertura económica, pero al final las afectaciones serán espeluznantes. La tasa de desempleo a nivel nacional supera el 14.8%, la mayor desde la Gran Depresión.

Al inicio de la pandemia, la fiscal estatal Katherine Fernández-Rundle afirmó que los supermercados de Miami-Dade podían elevar el costo de sus productos sin llegar a niveles abusivos, durante la emergencia sanitaria del coronavirus.

“Los supermercados pueden aumentar sus precios si el que ellos pagan sube, pero tiene que ser un incremento no abusivo, comparado con el precio de productos durante los últimos 30 días”, indicó la fiscal.

Como sucede casi siempre, la extensa cadena de reducción de ganancias y el costo que cada crisis supone para las compañías, termina finalmente en el consumidor. El que produce sube sus tarifas; el que distribuye, aumenta sus importes, el que transporta sube sus precios; el comprador paga más por las mercancías y –finalmente- el cliente lo salda todo.

A la subida de los precios de los alimentos en el sur de la Florida, ya altos antes de la pandemia, se suma el resto de las deudas que asumen mensualmente los residentes como rentas, peajes, seguros de salud, de vehículos y de viviendas, gasolina y demás gastos.

El cierre de los negocios y el confinamiento tal vez han salvado muchas vidas, pero agudizó una realidad que ya era difícil para los surfloridanos.

La gradual reapertura en Miami-Dade y Broward, con una extensa lista de regulaciones, no augura un cambio muy positivo tras salir de un confinamiento de varias semanas. El daño ha sido tan fuerte que buena parte de los pequeños negocios jamás reabrirán; otros lo harán con la incertidumbre de hasta cuándo podrán sobrevivir en medio de un desplome del consumo. Las empresas más solventes emprenderán recortes de personal y salarios ante la situación actual adversa.

Los dueños de restaurantes no solo enfrentan las pérdidas de estas últimas semanas, sino el temor de las personas a regresar a los lugares públicos, a pesar de las normas de sanidad establecidas, que impedirán también la reapertura de pequeños establecimientos debido al rigor de las nuevas normas impuestas por los gobiernos locales.

Si el drama por las muertes causadas por el SARS-COVID-2 ha sido un golpe demoledor para cientos de familias en el sur del Estado, el panorama para miles de empresarios y empleados surfloridanos es aterrador en una economía basada en los servicios y el turismo, un sector que tardará bastante en recuperarse por su complejidad a escala internacional.

lmorales@diariolasamericas.com

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