martes 21  de  julio 2026
PERIODISTA Y ESCRITOR SATÍRICO

El romanticismo de Panamá

No estoy en los papeles de Panamá. No hay primera plana en los periódicos. No hay llamadas de mis asesores preguntando en qué pozo quiero esconder los fardos de billetes. Nada. No existo. No soy nadie

Diario las Américas | ITXU DÍAZ
Por ITXU DÍAZ

Estoy desolado. He buscado mi nombre por todas partes. He leído millones de folios. He hecho búsquedas complejas en internet. Incluso me he presentado en la Fiscalía con unas esposas compradas en una juguetería, cara de imputado, y ojeras de vivir al margen de la ley. Estaba deseando salir en televisión como esos ricos a los que detienen en hora de máxima audiencia. Incluso tenía ensayada para las cámaras esa sonrisa serena y brillante de ganador, la que esboza Aníbal Smith siempre que están a punto de volarle la cabeza, mientras enciende un puro pausadamente. Pero nada. Hoy no debe ser mi día de suerte. No estoy en los papeles de Panamá. No hay primera plana en los periódicos. No hay llamadas de mis asesores preguntando en qué pozo quiero esconder los fardos de billetes. Nada. No existo. No soy nadie.

Como escritor, bohemio, y amigo del vino, soy un poco titiritero, un poco progre, y un poco pendenciero. Soy de la farándula para los vampiros fiscales, supongo, ya que mi actividad profesional de levantar copas y escorar plumas no puede considerarse aún disciplina lo bastante olímpica como para que el ministro de Hacienda me permita ser deportista. Por tanto soy periodista, escritor, poeta, ladronzuelo, y canalla. En permanentes horas bajas, soy carne de los papeles de Panamá. Por eso soñaba con un puñado de millones a buen recaudo en el paraíso. Una cuenta pequeñita, si no para mí solo, al menos compartida con alguna estrella televisiva venida a menos, de esas que están intentando ocultarle al fisco que un día tuvieron lo que ahora no tienen. Pero es cruel el destino fiscal. Hacienda no tiene sentimientos. Nos parte el corazón y no le importa. Toda una vida de lucha para esto. Para quedar como un detestable escritor honrado, es decir, como un idiota.

No hace mucho, para ser alguien en el mundo, había que colarse en las reuniones secretas de Bilderberg. Ahora estas cumbres son tan secretas que la gente tuitea el color de la ropa interior de los asistentes en tiempo real, e incluso puedes saber qué oreja se está rascando cada uno de los miembros, o el número de croquetas que los políticos invitados se han metido en el bolsillo de la chaqueta durante el aperitivo. En fin, las cosas son hoy de otra manera. Para ser alguien importante hay que estar en los Papeles de Panamá. No hay alternativa.

Veo una suerte de romanticismo en esto de evadir impuestos. Trasladar paquetes de cocaína de un país a otro puede resultar emocionante, pero es sucio. Atracar bancos es, sin duda, una práctica divertida, incluso aunque lo hagas fuera del despacho del presidente, sin corbata y armado. Y todo el negocio de las comisiones ilegales por concesiones públicas, tan popular en España, resulta tentador, pero causa muy mala impresión, porque al final demuestra que tu pobreza es tan grande que tienes que rebajarte a trabajar de comisionista. Cobrar comisiones ilegales, hacer de mula, o asaltar bancos es trabajo de perdedores. En cambio, evadir impuestos es un delito de victoriosos, de exquisito gusto, con el que además, con ayuda del físico de Pierce Brosnan en El sastre de Panamá, podrás ligar un montón con chicas que tendrán también el suficiente dinero como para poder desayunar juntos en Suiza, sin que a nadie se le ocurra hacer la absurda pregunta de “qué haces tú aquí”.

Yo quería ser rico y defraudador y salir en los papeles de Panamá. Recibir llamadas de los colegas preocupados por la filtración de mi fortuna, ver que mis asesores amanecen ahorcados en la mansión de lujo que les regalé, y que alguien precinte mi yate en Cannes, porque eso significaría que tengo un yate en Cannes, atracado en la amarra más lujosa de la Costa Azul. Pasaría las vacaciones junto a Paris Hilton y nos bañaríamos en La Croissette, con ese ademán de indecisión que portan los famosos cuando saben que van a fotografiarles, mientras comentamos la evolución de nuestros respectivos negocios opacos en Liechtenstein, Malta o quizá las Islas Caimán. Cenar marisco en La Palme d'or, tomar un cóctel con pepitas de oro junto a Scarlett Johansson en la terraza del Majestic Barrière, y después arrojar a Romain Dauriac a los tiburones del Golfo de la Napoule, que desde que los millonarios se han mudado al hotel de Trump en Panamá y ya no quiebran, pasan muchísima hambre. Ahora solo nos arrojamos al mar los que injustamente hemos sido excluidos de la deliciosa trama panameña.

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