Melissa Ramírez Martiartu: autenticidad, carácter y palabras que desarman la ofensa
La creadora cubana convierte el sarcasmo elegante en herramienta de comunicación, construye comunidad sin monetizar sus plataformas y reivindica el respeto en medio de la confrontación digital
Melissa Ramírez Martiartu, la creadora de contenido cubana que con un estilo muy particular siempre responde “desde el respeto y el cariño”.
IVÁN PEDRAZA
En un entorno donde muchos exageran para ser escuchados, Ramírez Martiartu apuesta por la claridad y la coherencia.
IVÁN PEDRAZA
Melissa y Simón, unidos por un vínculo especial que va más allá de la cámara.
MIAMI. - Melissa Ramírez Martiartu habla como es. Sin poses, sin guion y sin necesidad de elevar la voz para hacerse escuchar. En entrevista con DIARIO LAS AMÉRICAS, la creadora de contenido cubana confirma lo que muchos perciben en sus redes: una mezcla de carácter, espontaneidad y un estilo muy particular de responder, siempre “desde el respeto y el cariño”, como ella misma repite en cada una de sus publicaciones.
Las luces del estudio se encienden, la cámara se prende y la conversación avanza sin estructuras forzadas, más cercana al intercambio que a un cuestionario. Ahí es donde Melissa se mueve con mayor naturalidad, en ese punto donde el humor, el sarcasmo y la experiencia personal conviven.
A su lado está Simon, su amado perro, que llegó con corbata y una elegancia que no pasa desapercibida. Entra y sale de la dinámica del encuentro como si entendiera cada momento. “Simon, mira a la cámara, mi amor”, le dice entre risas. La escena rompe cualquier formalidad. Todo fluye y hasta quiso que en un momento lo cargara.
“Yo no me considero una creadora de contenido. Yo me considero una persona que se expresa a través de mis redes sociales. Doy rienda suelta a lo que quiero transmitir, a este sarcasmo que tengo tan natural, y hay gente que ve cosas en mí que ni yo misma veo”, afirma inicialmente.
Cubana, nacida en El Vedado, en La Habana, y residente en Miami desde hace aproximadamente una década, dirige su compañía de contabilidad, MARTIARTU Consulting, desde donde trabaja para JD Miami, una empresa familiar de construcción. Paralelamente, ha desarrollado una proyección digital que ha crecido de forma orgánica, impulsada más por la reacción del público que por una estrategia previamente diseñada.
“Yo le doy prioridad a mi trabajo. Gracias a mi jefe y a mi colectivo, que entienden lo que hago y me dan cierta flexibilidad, puedo combinar las dos cosas”, explica.
Ese contraste entre la rutina laboral y la exposición pública marca una parte esencial de su identidad.
“La vida de un reel de tres minutos no es la vida real. Yo tengo una vida, tengo responsabilidades, y eso es lo que la gente muchas veces no ve”, precisa.
Durante el intercambio, su tono oscila entre la ironía y la cercanía. Habla rápido, se detiene para ajustar una frase y vuelve a empezar sin perder el hilo. No hay distancia entre lo que dice y lo que es.
Cuando la autenticidad conecta
Su recorrido en las plataformas digitales no ha sido lineal. Ha pasado por cierres, pausas y reinicios.
“Esto ha sido un vaivén. Cerrar la página, volver, empezar otra vez. Cuando un video se te viraliza, tú renaces, pero también puedes desaparecer en cualquier momento y eso es algo constante en las redes. Por eso uno no puede creerse nada”, narra.
A diferencia de quienes tienen perfiles influyentes no vivió un debut impulsado por la pandemia.
“A mí la pandemia me deprimió. No fue mi momento. Mi página empezó a crecer después, por una anécdota personal que conté, y ahí fue donde empezó a moverse todo”, evoca.
Melissa Ramírez Martiartu
En un entorno donde muchos exageran para ser escuchados, Ramírez Martiartu apuesta por la claridad y la coherencia.
IVÁN PEDRAZA
Su evolución no responde a fórmulas repetidas ni a tendencias pasajeras. Encuentra su punto fuerte en la manera en que se expresa.
“A partir de ahí comencé a tener más audiencia, el algoritmo a moverse, y en TikTok crecí mucho más con videos sarcásticos e irónicos”, describe.
Lejos de proyectar una imagen idealizada, su propuesta se construye desde el lenguaje.
“Las personas suelen mostrar su vida perfecta. Yo hice lo mismo, pero con las palabras. No hablo así todo el tiempo en mi vida diaria, pero el idioma español es muy rico como para quedarnos en tres expresiones. Yo no escogí el camino fácil. Entonces decidí responder sin malas palabras, sin bajar mi nivel, aunque me estén ofendiendo”, sostiene.
Esa decisión establece una línea frente a lo que considera una tendencia dominante.
“Es verdad que lo chabacano vende más, que la falta de respeto llega más rápido, pero yo no soy así. Yo tuve una educación, y en honor a mi mamá, yo hablo como me enseñaron. No voy a ser una más”, remarca.
Y añade con firmeza:
“Tú vienes a ofenderme, vas a salir ofendido, pero con palabras que probablemente no vas a entender”.
La ofensa como herramienta
En su dinámica digital, la crítica no es un obstáculo, sino parte del proceso.
“Tú escoges cómo responder a una ofensa. No puedes darle potestad a alguien de saber qué te duele, porque por ahí es donde te van a atacar. Yo utilizo esas ofensas para crecer. No me molesta, porque un reel de tres minutos no es mi vida real. Yo tengo una vida fuera de eso y no voy a abrir esa puerta para que alguien entre a lastimarme”, expone.
Esa postura, lejos de generar distancia, termina creando vínculos inesperados.
“Muchas veces se vuelven amigos míos después. El problema es que la gente ha perdido la prudencia. Tú puedes opinar distinto sin llevarlo a lo personal. Si no nos entendemos, no pasa nada, pero no hace falta ofender”, reflexiona.
Más que seguidores, una comunidad
Para Ramírez Martiartu, el valor de los canales modernos de comunicación no se mide en cifras, sino en credibilidad.
“Yo conozco gente con cien mil seguidores que no los reconoce nadie en la calle. Sin embargo, con menos, a mí me paran, me hablan, me dicen que les gusta lo que hago. Lo importante es crear una comunidad que confíe en ti, no un número vacío”, asegura.
También desmonta la idea de que la visibilidad siempre se traduce en ingresos.
“Yo no monetizo mis redes sociales. La única vez que recibí dinero fue en un live de TikTok por regalos que manda la gente. He visto cuentas con millones de seguidores y muy poca interacción. En cambio, mis videos generan participación constante, comentarios, debate, y eso es lo que realmente mueve el algoritmo”, aclara con total convicción.
Sin artificios
Su contenido responde a una lógica sencilla: espontaneidad.
“Mis videos no se editan. Yo enciendo la cámara y empiezo. Si no me gusta, lo repito completo. Necesito mantener la energía sin cortar. Es más difícil, pero es real. No es un personaje, soy yo”, cuenta.
Esa naturalidad conecta con una audiencia que busca algo distinto.
“La gente está cansada de lo falso. Le gusta ver a alguien real, que habla como piensa. Las redes han cambiado todo. Ahora hay que saber, pero también hay que fluir”, argumenta.
Simon, historia y significado
Simon no es solo parte de sus videos. Su presencia está ligada una vivencia personal. Llegó a su entorno en 2023, después de haber traído varios perros desde Cuba y haber perdido a algunos de ellos. Su madre, desde la isla, le había pedido que no tuviera más mascotas.
“Mi mamá me decía: no tengas más perros, Melissa, porque te duele mucho cuando se te van. Pero llegó Simon, y me enamoré”, recuerda.
Poco después, su madre falleció.
“Cuando le dije que tenía a Simon, me dijo que había sido lo mejor que pude hacer. Yo creo que ella sentía lo que venía. Simon fue como esa razón para levantarme todos los días”, relata.
Melissa Ramírez Martiartu
Melissa y Simón, unidos por un vínculo especial que va más allá de la cámara.
IVÁN PEDRAZA
Desde entonces, se convirtió en parte esencial de su rutina y también de su contenido.
“Simon oye lo que dice la gente. Él está pendiente a todo. Cuando yo grabo, se me queda mirando como diciendo: esta está loca otra vez”, dice entre risas.
El nombre también evolucionó dentro de su narrativa digital.
“Un día me empezaron a decir cosas en redes y yo dije: bueno, si me vas a ofender, vamos a jugar. Entonces salió lo de Simon Trump, como si fuera el hijo bastardo de Donald Trump. Y a la gente le encantó”, comenta.
Una idea que también interpela
En medio del intercambio, surge un punto en común. Desde la experiencia del periodismo tradicional, le comento que la transición hacia lo digital no siempre es natural.
Ese contraste entre generaciones, formatos y maneras de comunicar aporta una dimensión adicional y atraviesa el diálogo.
Melissa lo resume con claridad.
“La gente hoy consume redes. Es más fácil abrir el teléfono que poner la televisión. Por eso es importante adaptarse, pero sin perder lo que uno es”, señala.
Cuba, una herida abierta
Cuando el tema se desplaza hacia Cuba, el ambiente cambia. La risa se apaga, el ritmo baja y las palabras pesan más.
“Eso tiene que parar ya. Llevamos demasiado tiempo esperando. Cuando tú tienes una herida, la curita hay que quitarla de una sola vez. No puedes seguir aplazando el dolor”, indica.
Habla desde lo vivido.
“Yo misma llevo años fuera y no pude ver a mi mamá antes de morir. Eso te marca. Te cambia la forma de ver todo”, reconoce.
Para ella, el desafío no es solo político, sino también cultural.
“Necesitamos una transición, sí, pero también un cambio de mentalidad. Dentro y fuera de Cuba. Porque el problema no es solo lo que pasa allá, es cómo pensamos nosotros también”, enfatiza.
No evade la dureza del proceso.
“Va a ser difícil, claro que sí. Pero hay cosas que tienen que doler para poder sanar. No podemos seguir esperando a que algo pase solo”, anticipa.
Una mensaje directo
Más allá de las redes sociales, lo que trasmite es claro.
“Uno se levanta todos los días con un no en la mano. Hay que salir a buscar el sí. Se te cierra una puerta, abres una ventana, y si no, haces un hueco. Pero no te rindas”, concluye.
Melissa Ramírez Martiartu no compite por ruido ni por escándalo. En persona, como en sus redes, sostiene una coherencia poco común: la misma voz, el mismo carácter, la misma forma de expresarse.
Y en un entorno donde muchos necesitan exagerar para ser escuchados, ella demuestra que, a veces, basta con hablar claro, sostener lo que se dice y no perderse en el camino.