viernes 24  de  julio 2026
PERIODISTA Y ESCRITOR SATÍRICO

La monarquía hipster

 Soy cada vez más monárquico, pero solo en el sentido de que me gusta el jamón serrano y el vino, me gustan los bares y los discos viejos, y aborrezco las leyes nuevas; entre otras razones porque desde que han llegado los de la libertad a salvarnos de la tiranía legal del pasado, no hay papel para tantas nuevas normativas, leyes, y prohibiciones como han ido generando los libertadores, ya instalados en su particulares tronos de la burocracia, que viene a ser lo mismo pero sin corona.

Diario las Américas | ITXU DÍAZ
Por ITXU DÍAZ

Con los años me estoy volviendo monárquico, casi a la misma velocidad con la que los reyes se van haciendo socialistas. No me gustan las cosas que cambian. No me gusta este siglo. Y me molesta muy especialmente que las camisas de hombre lleven ahora cientos de etiquetas con advertencias. Que a este paso terminarán viniendo con manual de instrucciones. Y no he podido corroborarlo, pero estoy casi seguro de que tanto el asunto de las etiquetas en las camisas, como esa obsesión de los fabricantes por cambiar constantemente la fórmula de mi gel de baño, son ideas republicanas. Soy cada vez más monárquico, pero solo en el sentido de que me gusta el jamón serrano y el vino, me gustan los bares y los discos viejos, y aborrezco las leyes nuevas; entre otras razones porque desde que han llegado los de la libertad a salvarnos de la tiranía legal del pasado, no hay papel para tantas nuevas normativas, leyes, y prohibiciones como han ido generando los libertadores, ya instalados en su particulares tronos de la burocracia, que viene a ser lo mismo pero sin corona.

Y qué asombro que en la Familia Real española haya tipos aprovechándose de su sangre para enriquecerse. Qué asombro, por Dios. En un país donde, como es sabido, jamás nadie se ha aprovechado de nada para ganar dinero al margen de la ley. Que hablan estos días los solemnes de las tertulias de la necesidad de lavar la institución, como si hubiera en España alguna institución vinculada al Estado que no necesite una buena refriega. Y no, no está bien robar ni enriquecerse ilegalmente, pero a veces hay cosas más importantes, como las etiquetas de las camisas, o esa legión de aburridísimos cantautores que sufrimos en los 70, que para liberar a España y hacerse republicanos, tuvieron también que hacerse castristas, y todavía no han sabido explicarnos por qué. Ni eso, ni por qué nos arrojaron tantos discos, habiendo sido suficiente con uno solo para cambiar el mundo; que los españoles tampoco nos merecíamos tantos años de pantalones de campana y canciones sobre los hippies que podíamos llegar a ser si sacáramos las guillotinas a la calle.

Felipe VI ha intentado convertirse en rey, como hizo su padre aquel el 23-F. Y lo ha hecho zanjando simbólicamente los líos judiciales de su hermana, retirándole el Ducado de Palma a la Infanta Cristina. Un golpe. Porque esto no sólo rompe a la propia familia real, y sitúa implícitamente a Cristina en una sensación de culpabilidad antes de que se celebre el juicio, sino porque escenifica un cierto deseo de renovación de la institución. El gesto de Felipe VI ha sido alabado con el mismo entusiasmo por monárquicos y republicanos, o sea, tanto por Antonio Burgos como por doña Letizia. Y quizá nos sorprenda hoy el nacimiento de un nuevo Rey de España totalmente distinto al que hemos conocido hasta ahora, pero sospecho que hace tiempo que se pararon las manecillas de su reloj. Y no por su corrupción económica, ni mucho menos, sino por su corrupción monárquica.

Hace décadas que corre por La Zarzuela un clamor, en voz de asesores y tontos de diverso título, que urge a los reyes a actualizar la monarquía. Ya antes de la abdicación del Rey, era primordial, para esos salvadores de la corona, actualizarse, en el fondo, en las formas, y a cualquier precio, con el único objetivo de sobrevivir. Y así es como la corona española ha preferido intentar salvarse, antes que intentar salvar a España, o que salvar aquellas cosas que pudieran dar sentido a su institución.

Pretender actualizar la monarquía, adaptarla al siglo XXI, hacerla simpática, y acercarla a la gente, es lo mismo que pintar de colores el David de Miguel Ángel y cambiarle sus históricos rizos por un corte de pelo a lo Neymar, para que las nuevas generaciones no sientan rechazo al contemplarlo. Cómo podría explicar que si algo aporta una monarquía como la española a la historia de un país, es la capacidad de mantener a través de los siglos aquellas cosas buenas de la tradición, y convertirse así en elemento aglutinador de españoles, por encima de las brumas y batallas de cada tiempo.

Hoy el rey de España empieza de nuevo y está bien. Pero yerra en el fondo. Lo único que podría salvar a Felipe VI no es empezar de nuevo, sino empezar de viejo. Cuando los reyes españoles eran católicos, eran españoles, y mantenían una cierta querencia por los ideales de la monarquía en detrimento de los de la república. Es decir, cuando eran reyes, y no un apéndice más del interminable funcionariado español.

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