Cary Grant. George Clooney. Pierce Brosnan. Era yo, impecable, pulcro, elegante, la otra noche, un segundo antes de que un camarero me tirase una copa de vino por encima. No fue un golpe. Un desliz. No fui yo. No fue nada menor. Tampoco fue blanco, que fue tinto. Y fue una copa, generosa y densa, derramada con alegría y plenitud sobre las trazas de mi camisa, de un rosa desvestido de todo brillo, casi blanco, sobre finos cuadros aún más pálidos. Al instante, silencio, pavor, y risas contenidas ante la ducha granate de un cliente del restaurante. Pero lo que fue una mancha intensa, roja y brillante, en un segundo se volvió un lento degradado rosáceo, una lengua de vino, un gran lago, desde el pecho hasta el cinturón, estrecho al norte, y abierto al sur, levemente puntiagudo, y con meandros y brazos desiertos que, tal vez, en otro tiempo, albergaron vida humana.
De todas las formas de derramar una copa, la mejor que puede llevar a cabo un camarero es la que ocasiona un enorme desastre. Como cliente de un restaurante, si van a mancharme, prefiero que lo hagan bien, y si van a mojarme, confío en que al menos sea divertido. Tras contemplar el lento y estratégico manotazo a mi copa, el temblor de la incertidumbre, y el desparrame posterior, ninguno de los presentes teníamos dudas de que aquel joven era todo un profesional de la materia.
Durante años me han tirado encima vino, agua, copas, cigarros, café, y hasta un cóctel volador con sus rizos de corteza de limón –esto, por cierto, dos veces en quince días, hasta que dejé de pedirlo–. Me han tirado sopas y patatas, y salsas, y hasta un idiota me lanzó un día un montón de tinta a propósito, creyendo que era tinta mágica e iba a desaparecer. Y no lo era. Así que yo le arranqué una oreja de un mordisco, creyendo que era una oreja mágica e iba a reaparecer. Y no lo era. Me han tirado, en fin, de todo, pero nunca tan ampliamente, de manera tan contundente, y con tanto arte. Este chico sabe lo que hace, me dije al verme en el espejo, como recién sacado de los Sanfermines.
Tenté la adicción arrojadiza del joven camarero pidiéndole que me tirase otra copa igual por la espalda, para lograr la feliz simetría y arreglar la noche. Pero los artistas contemporáneos son muy suyos, y ahora ya no acceden a cualquier simpleza. Se negó con un gesto de desaprobación, como si yo fuera un grosero, y saltándose el Protocolo MOMA, dirigió un nuevo chorro de vino hacia el interior de mi copa, y finalmente lo dejó ahí, cuando todos ya esperábamos una segunda ronda de aspersiones.
Hay un instante, tras el lío del accidente, en que tus acompañantes intentan quitarle importancia a lo ocurrido, de manera bastante estúpida: “Podría haber sido peor” –efectivamente, me podían haber arrancado los ojos–, “no es para tanto”, o “casi no se ve”... ¿Casi no se ve? Hasta los astronautas de la Estación Espacial Internacional están subiendo la foto a Twitter, la mancha de vino de mi camisa es Trending Topic en el día en que la única que aspiraba a serlo era la de Don Quijote, y aún hay alguien dispuesto a decir que casi no se ve. Abrumado por miradas furtivas y mentiras piadosas, me fui a casa a cambiarme, no sin remordimiento, porque la obra de arte de aquel chico terminaría sus días en mi lavadora.
Hay dos clases de torpes: los que se convierten en la propia diana de sus accidentes, y los que con su presencia ocasionan desastres alrededor. Por lo general, la gente teme muchísimo al primero, porque su daño es más evidente, pero el más peligroso es el segundo, por su capacidad para irradiar el mal alrededor sin verse jamás sorprendido por sus propios cataclismos. De ahí que sea crucial detectarlos cuanto antes.
De acuerdo, a mí me han tirado una copa de vino sobre una camisa nueva, y es una pésima noticia, una desgracia, por no decir que es un delito, que seguro que el islam previene en algún lugar que a este tipo le puedo cortar las manos. Pero lo más importante es que ya he memorizado su cara. Cuando lo vea, saldré corriendo. O mejor, me estaré quieto. O agacharé la cabeza. O me taparé la camisa. O no pediré vino tinto. Es evidente que este camarero es un artista contemporáneo camuflado, que hace esto con todos los clientes con aspecto de enemigos de la modernidad, y estoy convencido de que está dispuesto a llevar su pasión hasta las últimas consecuencias si vuelve a verme por allí. Si hizo esto sirviendo un vino, temo de verdad el día que pidamos la especialidad de la casa: los huevos rotos.