Los medios de comunicación siempre abrazaron la tecnología para expandir su alcance. Pero los últimos dos saltos han sido traumáticos. Primero fue el internet, que devoró la publicidad y fragmentó las audiencias, empujando a miles de medios a cerrar en todo el mundo.
Ahora emerge algo más profundo y silencioso. Internet y la inteligencia artificial han empezado a operar como un solo sistema. “Raspan” contenido de los medios, lo procesan y lo devuelven convertido en resúmenes que presentan como propios. La información queda atrapada en un jardín amurallado y las grandes plataformas concentran la atención, el tráfico y el negocio, dejando fuera del circuito a los medios, los verdaderos creadores. Se trata de un robo de contenidos a escala industrial.
Hace tiempo que los medios y sus asociaciones denuncian este maltrato, pero las tecnológicas responden con "ethic washing", migajas y acuerdos que se parecen más a obras de caridad que a verdaderos contratos comerciales.
Ahora surge una oportunidad que no deberían desaprovechar. El 2 de marzo, el Reino Unido marcó una línea en la arena. Una coalición de gigantes, entre ellos la BBC, The Guardian, Financial Times, Sky News y Telegraph Media Group, lanzó SPUR (Standards for Publisher Usage Rights). Su objetivo es establecer estándares de licencias y transparencia para que las tecnológicas accedan al contenido de forma legítima, pagando por lo que hoy utilizan sin permiso ni compensación.
Las tecnológicas se escudan en el “uso justo”, alegando que la IA aprende como un estudiante en una biblioteca, es decir lee, procesa y genera respuestas nuevas sin copiar directamente. Pero medios como The New York Times han demostrado que los sistemas de IA son capaces de reproducir fragmentos casi idénticos de artículos protegidos. No solo aprenden, también almacenan, replican y sustituyen.
Mientras el diario neoyorquino libra una batalla judicial que incluso exige la destrucción de modelos de IA entrenados con su contenido, la mayoría de los medios no tiene ese músculo y opta por negociar para sobrevivir.
Algunos grandes logran acuerdos millonarios: News Corp y Axel Springer, entre otras cadenas, han cerrado pactos con OpenAI y Meta, mientras Google impulsa programas de licencias, incluso en América Latina, que resultan insuficientes para las partes.
Esa puerta no está abierta para todos. La asimetría es doble y letal. Por un lado, la brecha de poder entre las plataformas tecnológicas y los medios es colosal. Por otro, dentro del propio ecosistema mediático, solo los grandes tienen recursos para demandar o negociar, mientras los medios medianos y pequeños, esos que a nivel local vigilan alcaldías, tribunales y abusos cotidianos, quedan sin escala y fuera de la mesa de negociación y de los acuerdos.
Por eso el modelo británico puede ser una salida. La negociación colectiva incomoda a las plataformas, como ya ocurrió en Australia y Canadá, donde medios de distinto tamaño lograron resultados más equitativos.
Sin ese camino, el sistema seguirá cayendo en un círculo vicioso en el que desaparece la prensa local, crece la corrupción y se debilita la participación ciudadana en los asuntos públicos. Si los medios pequeños y medianos perecen o son absorbidos por los grandes, se profundiza la concentración y se erosiona la diversidad de voces que sostiene a la democracia.
A partir de la iniciativa de los medios ingleses surge una oportunidad para la solidaridad entre medios. Que los grandes antepongan el interés del sistema al propio. Si no protegen a los pequeños, el periodismo dejará de ser un servicio público y quedará reducido a materia prima para la máquina.
Los gobiernos y organismos internacionales no pueden seguir mirando al costado. No proteger la sostenibilidad del periodismo a través de negociaciones justas y equitativas entre plataformas y medios es, en los hechos, una forma de corrupción por omisión.