jueves 8  de  enero 2026
OPINIÓN

Delcy Rodríguez y el precedente de Hitler

La comparación histórica demuestra que, en regímenes personalistas y criminales, los relevos estratégicos no buscan democratizar el sistema, sino administrar su fase terminal

Diario las Américas | MIGUEL ÁNGEL MARTIN
Por MIGUEL ÁNGEL MARTIN

Cómo se gestiona el poder en la fase terminal de un régimen criminal

Para comprender lo que ocurre en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro y la irrupción de un actor central en el aparato criminal del régimen, conviene observar un precedente histórico relevante: los últimos días del Tercer Reich, tras la muerte de Adolf Hitler, líder de la Alemania nazi.

Antes de explorar las semejanzas con la Venezuela actual, es necesario recordar que los regímenes autoritarios rara vez desaparecen de manera espontánea. Incluso en su fase terminal, cuando el colapso es inevitable, sus élites buscan administrar el poder en retirada, preservar el control de las fuerzas armadas y garantizar la continuidad de las estructuras estratégicas del Estado. Esta lógica permite entender cómo los sistemas criminales intentan manejar su final para minimizar costos políticos, militares y jurídicos, procurando sobrevivir —al menos parcialmente— a la catástrofe que ellos mismos han generado.

Hitler y la designación de Dönitz

En abril de 1945, consciente de la derrota militar y de su inminente final, Adolf Hitler adopta una decisión estratégica: designar personalmente a su sucesor. Su objetivo no es garantizar la continuidad ideológica del nazismo, sino evitar un vacío de poder que desorganice a las fuerzas armadas alemanas y asegurar una gestión ordenada del colapso.

Este precedente resulta útil para analizar dinámicas contemporáneas. En Venezuela, el papel de Delcy Rodríguez dentro del régimen muestra paralelismos significativos: en ambos casos se observa la administración del poder en la fase terminal de un sistema autoritario, sometido a una presión interna y externa creciente.

La lógica de la sucesión en la derrota

En regímenes altamente personalistas, la desaparición del líder central genera un riesgo inmediato de fractura del mando y pérdida de control institucional. Hitler lo comprende con claridad. Por ello, en su testamento político separa el liderazgo político del mando militar y designa al almirante Karl Dönitz como jefe de Estado.

La elección de Dönitz no es casual. No representa el núcleo ideológico del nazismo ni es un líder carismático, pero ofrece ventajas estratégicas esenciales: aceptación dentro de las fuerzas armadas, disciplina profesional y capacidad para administrar la derrota sin desintegrar el aparato estatal.

Con esta decisión, Hitler busca evitar el caos, mantener la cadena de mando y permitir una gestión controlada del final del régimen, aun cuando la derrota ya es irreversible.

Dönitz y la administración del colapso

Al asumir el poder, Dönitz establece el llamado Gobierno de Flensburgo. Su tarea no es democratizar ni reformar el sistema, sino administrar su colapso, mantener cohesionadas a las fuerzas armadas y negociar rendiciones parciales con los Aliados occidentales.

El Tribunal Militar Internacional de Núremberg deja una lección clara: administrar un régimen criminal en su fase terminal no es neutral. Aunque Dönitz no funda el nazismo, su rol como sucesor lo convierte en responsable de la continuidad consciente del sistema.

Delcy Rodríguez: operadora de continuidad

En Venezuela, Delcy Rodríguez, pese al rechazo ciudadano por su complicidad en graves delitos y por ser una de las operadoras más leales del régimen desde la época de Hugo Chávez, desempeña un papel central. Junto a su hermano, forma parte del núcleo político que consolida el proyecto chavista y, tras la muerte de Chávez, se convierte en uno de los pilares más confiables del poder de Nicolás Maduro.

Su trayectoria dentro del sistema criminal —canciller, presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente, vicepresidenta ejecutiva y principal vocera internacional— coincide con los momentos en que el régimen requiere máxima cohesión, control del aparato estatal y capacidad de gestión bajo una presión internacional decisiva.

Su rol no es simbólico; es funcional y estratégico. Debe coordinar el poder ejecutivo y garantizar la operatividad del Estado en un contexto de erosión acelerada de legitimidad.

Conclusión

La comparación histórica demuestra que, en regímenes personalistas y criminales, los relevos estratégicos no buscan democratizar el sistema, sino administrar su fase terminal y preservar su operatividad hasta el último momento posible. En Venezuela, Delcy Rodríguez cumple esta función: operadora de continuidad, coordinadora y garante de la cohesión estratégica del poder.

La captura de Nicolás Maduro por cargos de narcotráfico, terrorismo y corrupción, ejecutada por las fuerzas armadas de Estados Unidos, coloca a Delcy Rodríguez en una posición que la obliga a facilitar una entrega controlada del poder a un equipo de transición capaz de estabilizar y reconstruir la nación. De no hacerlo, estará sometida a la justicia establecida por Estados Unidos como mecanismo para garantizar la liberación total de Venezuela.

El precedente de Hitler y la designación de Dönitz demuestran que la gestión consciente del colapso no es meramente técnica; es profundamente estratégica y conlleva responsabilidad. Comprender este paralelismo permite analizar la dinámica del poder venezolano con rigor histórico, claridad analítica y sin ingenuidad sobre los mecanismos que operan en la fase final de un régimen autoritario.

Perfil del autor

Miguel Angel Martin. Doctor en Ciencias (UCV). Especialista en Derecho Público (UCAB); Resolución de Conflictos (Government Institute, Minneapolis); y en Políticas de Seguridad y Defensa (Centro William Perry, Washington D.C.). Magistrado principal de la Sala Constitucional del TSJ de Venezuela. Profesor universitario.

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