La valla en la avenida Ferrocarril, una de las más transitadas en la ciudad de Santa Marta, generó controversia inmediata. La sensibilidad y crispación se respiran en el país. Falta poco para el 29 de mayo cuando se celebrarán las elecciones presidenciales en Colombia.

“Pregunten a los venezolanos, ¿POR QUÉ ESTÁN AQUÍ?”, destaca la valla que cierra con una selección implacable: Cualquiera menos él.

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Él, no necesita nombre. Resulta en la asociación con lo más oscuro, con lo siniestro, terrorífico, destructivo, con la maldad. El aludido es Gustavo Petro candidato a la presidencia por la Coalición Pacto Histórico, conglomerado de partidos de izquierda, favorito para la clasificación en esta primera vuelta del domingo.

Si bien el instrumento publicitario acertó su disparo contra la máscara con la que Petro oculta a Nicolás Maduro, también fue una trompada al orgullo de los venezolanos que hacen vida en ese país. Una migración honesta en su inmensa mayoría, trabajadora y sufrida, que ha huido procurando una mejor vida, dejando atrás el espanto de la ausencia de comida y de libertad.

Las elecciones en Colombia se sienten como una especie de Deja Vu del proceso de finales de 1998 cuando buena parte del mundo sensato advertía a los venezolanos del peligro de colocar en la presidencia a Hugo Chávez. Pero, además, ese, ya de por sí peligroso escenario, no previó que otro aún peor podía prolongarse en su lugar. Un hombre que utilizaría las reglas de la democracia para ascender al cargo y violentar después toda la normativa, cuyo compromiso es con Cuba y sus aliados antiliberales para pisotear la soberanía y junto al crimen organizado enriquecerse a costa de los padecimientos de los ciudadanos, de la destrucción del país, bajo la disposición de arrasar con todo con tal de nunca abandonar el poder.

La valla en cuestión es efectiva al hacer una pregunta lapidaria: ¿Por qué están aquí? La interrogante no va dirigida a los venezolanos, obviamente. Apunta al raciocinio colombiano, procurando enfocar en un problema que trasciende a las simpatías políticas y que incluso le incumbe a toda la región.

Los anuncios y declaraciones de Gustavo Petro no han hecho más que confirmar las aprehensiones, a pesar de sus esfuerzos por aparentar distancia de Maduro y de bajar la intensidad a los frecuentes susurros cómplices compartidos con sus dañinos compañeros de lucha. Petro ataca a sus rivales de modo deshonesto y miente usualmente. Nada lo detiene. Al igual que Maduro atribuye toda clase de delitos al adversario -tratado como enemigo- asomando pequeñas muestras de lo que será capaz de hacer una vez alcance el poder. Así, su lengua descontrolada da cuenta repetida de visiones de posibles golpes de Estado, de supuestas amenazas de muerte por las que procesará a quien le estorbe y lo acusará en juicios amañados por intento de magnicidio si llega a la presidencia. Ya ha hablado de fraude, versión que cambiará si logra su objetivo, por supuesto.

Realmente su odio no lo puede ocultar y eso da vértigo.

Los amigos de Petro son los mismos que los de Maduro. Pandilleros, mafiosos, narcotraficantes, guerrilleros, personajes, dictadores sin respeto por la vida de los demás, psicópatas, despiadados y, ni qué dudarlo, amantes de la riqueza ajena.

Un país hermano está cerca de entrar a una arena movediza. Sus compinches extranjeros han montado el escenario para tomar lo que ellos mismos han calificado como “la joya de la corona”. El plan tiene mucho tiempo gestándose. No es casual que Colombia sea el país de la región con más cubanos instalados legalmente (antes era Ecuador), muchos de ellos matrimonios con colombianos recalados en casa después de un prolongado entrenamiento en Cuba, país que los recibió convenientemente luego de la desmovilización de las FARC. En la isla recibieron mucho adoctrinamiento de expertos en inteligencia -una gran cantidad fue trasladada siendo adolescente-. A todos les construyeron la fachada en una variedad de áreas: turismo, enfermería, mecánica dental, fotógrafos, asistentes de cocina, operadores de centrales telefónicas y por supuesto choferes (como hicieron con Maduro en el caso de Venezuela).

Todos han ido retornando ya con familias construidas, según el plan. La mayoría se ha infiltrado en puestos clave en diferentes instituciones, disfrutando de la bondad y la ingenuidad de una democracia. Tienen tiempo filtrando información requerida, saboteando la gestión de Iván Duque.

Ya se sienten en el poder.

¿Logrará Colombia escarmentar en cabeza ajena?

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