Desde el valle de lágrimas del salmista hasta la teresiana mala noche en una mala posada. Toda metáfora es corta. El mérito de Santa Teresa es que lo adivinó años antes de que WhatsApp popularizase sus odiosos mensajes de voz. No le faltó razón a Cioran: “sufrir es la mejor manera de tomar el mundo en serio”. Abrumados por el vacío, los gurús posmodernos nos han puesto a todos ahora a hacer yoga y cosas así, a ver si con eso se nos pasa el sinsabor. Antes descubrieron su propia fórmula de la felicidad, como vendedores de crecepelo del Oeste nos machacaron: extirpa lo tóxico, dale la espalda al dolor.
Los adalides de la prosperidad gorjean en las redes sus consignas: siempre te mereces más, siempre la vida puede ser maravillosa, siempre puedes ser feliz. Con la conciencia adocenada, el sufrimiento repele al hombre contemporáneo como la citronela a los mosquitos. La apariencia de felicidad sustituye al bienestar real. La exigencia de una vida confortable deja sin espacio al dolor, palabra proscrita.
De modo que somos todos extraordinariamente felices en esta burbuja de azúcar hasta que llega un cretino aguafiestas como Jordan Peterson y pronuncia las palabras vetadas como quien muerde la manzana prohibida en el paraíso de los millennials: la vida es sufrimiento, deja ya de hacerte la víctima. Cielo santo. Habría apostado todas mis deudas a que ese hombre lo matarían. No sé, una muerte dolorosa y un poquito hipster: imaginaba que una instagramer muy sonriente le pegaría un tiro, que una feminista le arrancaría la cabeza con una patada voladora, o que Paulo Coelho le obligaría a leer sus obras completas. Y sin embargo, el maldito psicólogo canadiense no solo no ha sido agredido aún sino que es escuchado con inquietante atención por millones de personas. ¡Un tipo que habla de la serotonina de las langostas! ¡Que no cree que la desigualdad sea anatema! ¡Que exalta el valor de la responsabilidad!
Oigan, no es broma lo de las langostas. En una tensa entrevista, Peterson, con ese rictus impertérrito que tanto provoca al alborotador, le espetó a la presentadora: “Usted tiene un mecanismo en su cerebro que funciona con serotonina que es similar al mecanismo de la langosta que rastrea su estatus, y cuanto mayor sea su estatus, mejor se regulan sus emociones. Así que a medida que aumentan sus niveles de serotonina, usted siente más emociones positivas y menos emociones negativas”. A la aguerrida periodista, por un instante, se le puso cara de palinúrido. No es para menos. ¿Qué demonios puedes preguntar después de algo así?
Peterson escandaliza al oyente actual, que es un oyente muy particular que está siempre deseando ser escandalizado. Nada caracteriza más al hombre de hoy que esa pasión por llevarse las manos a la cabeza, por fingir desaprobación colectiva. Todo lo que se ha llamado lenguaje políticamente correcto no es más que una mordaza para impedir que la fiera de la libertad individual vagabundee por sus dudas; una imposición de la igualdad, de la felicidad y del progreso. La estrategia -deriva más bien- parece perfecta pero falla: a todo hombre le golpea alguna vez el sentido común, muy levemente, como emergen las primeras pompas de la salsa de tomate en la sartén. A todo hombre le despierta del sueño del bienestar el dolor, la injusticia.
Peterson ha venido a gritar algo terrible al hedonismo occidental y a la marea identitaria: de acuerdo, eres una víctima, un mártir de la desigualdad, todo lo que te ocurre es tremendamente injusto y todo lo que nos aflige a cada uno de los individuos del planeta es fastidioso en grado sumo pero… ¿y qué? Nadie puede evitarte todo el dolor. Asúmelo.
Al fin y al cabo, desde la invención del teléfono y los reality shows, la vida es moderadamente espantosa. Tal vez solo exista una manera de paliar esa inmensa aflicción y es darle un sentido al dolor. Lo sabemos por Frank Capra y James Stewart desde 1946. Así que alégrate de ser –con Frankl- hombre en busca de sentido. A las langostas no les queda ni ese consuelo.