Ahora habrás terminado de estudiar la carrera y querrás empezar a trabajar a toda velocidad. Sentirás el pálpito de ser mayor, ganar dinero, convertirte en una estrella y que el mundo pueda al fin estar en deuda contigo, como pasa con Messi, pero al revés. Tranquilo. Esa tensión emocional y mesiánica es insostenible y dura dos telediarios. El resto de tu vida estarás deseando volver a la universidad. Es cierto que hay trabajos vocacionales más satisfactorios, pero lo único que eso significa para los demás es que deberías hacerlo gratis. ¿Acaso no disfrutas? El resto de los empleos son como un dolor de muelas, y si tu ocupación laboral aún te parece muy divertida, conviene que revises tu cuenta a ver cuánto te cuesta trabajar en eso.

El mundo laboral tiene algunas particularidades. Lo primero que debes saber es que cuando empiezas a trabajar dejas de ser persona. Ahora eres solo trabajador. Pero además, tampoco seguirás siendo un ser humano, sino que te habrás convertido en algo extraño como abogado, ingeniero, arquitecto o maestro. Tu estatus no irá ligado a tus capacidades sino al grosor de tu nómina y a la cantidad de personas que puedes tener a tu servicio. Y por lo general, has perdido el control de tu vida. Ingresar en el mundo laboral supone establecer una dependencia: del jefe, si trabajas por cuenta ajena; del cliente, si creas tu propia empresa; del dinero, si te dedicadas a latrocinio; o del alcohol, si eres periodista.

Te puede interesar

Lo segundo, y no menos importante, es que ya no dispones del lunes para poder curarte la resaca del fin de semana. No habrá exámenes de recuperación si envenenas a un cliente de tu restaurante, no existe la opción de deshacer en los pacientes si trabajas en un hospital, y no hay manera de convencer a la afición de que eres un gran delantero si no logras meter la pelota entre los tres palitos. Como ves, tu satisfacción laboral depende de aspectos triviales.

Si te aconsejo con el corazón, te diría que intentes dedicarte a las Humanidades. Hay formas menos elegantes de solicitar la caridad del prójimo. Pero si te mueres por el dinero, lánzate a una ingeniería. Y es mejor que te especialices en algo que la gente normal no sepa hacer, no sé, lanzar cohetes a la Luna y que no estallen, ir al cine y no mascar ruidosamente las palomitas, o conducir por el carril derecho en una autopista.

Tal vez seas muy fuerte y tu vida intelectual sea similar a la de un trozo de madera hueca. En ese caso, puedes probar a hacerte chavista. Maduro tiene un montón de empleos que consisten en coger un mazo y golpear cosas, sonreír sin entender el chiste, y aplaudir con fervor. Si no te va el comunismo porque te parece viejuno, es posible que Donald Trump también necesite alguien musculado, bien formado y con cierta profundidad de vida, capaz de coger la Suma teológica, abrirla y arrancarle la cabeza a golpes a otro con ella.

Un reducido grupo de jóvenes lograrán hacerse futbolistas, mientras otros serán inspectores de Hacienda. Se trata de la élite de expertos en tocar las pelotas. Otros querrán ser cantantes o escritores, y vivirán toda su vida pensando que tal vez deberían haber elegido un trabajo más barato. Y finalmente, un nutrido grupo de personas aspiran a ser funcionarios y tener un empleo fijo. Son los que colapsan la asistencia psiquiátrica por enfermedades relacionadas con el tedio, la monotonía y la falta de emoción por la vida. Incluso para dedicarse con empeño a la pereza es necesario un cierto entrenamiento. Uno no puede pasar de las juergas universitarias de tres noches sin dormir a holgazanear ocho horas al día por cualquier dependencia estatal, con el único cometido de poner un sello a ciertos papeles oficiales.

Pronto descubrirás que es más excitante no saber dónde vas a trabajar mañana y que, por lo general, a la vida le sientan bastante mal los planes perfectos. Ya sabes: estudias, tienes un empleo fijo, compras una casa, vendes al perro y buscas un marido que ladre más bajo, y en la luna de miel, con todo un mundo idílico a tus pies, te devora un cocodrilo en una isla caribeña. Estas cosas pasan con más frecuencia de lo que piensas. No hay más que mirar la sección “virales” de cualquier periódico. Ayer encontré a un tipo que se calcinó la oreja, porque le sonó el teléfono móvil mientras estaba planchando, se puso nervioso, y en lugar de descolgar el teléfono, descolgó la plancha. El grito se escuchó en la Estación Espacial Internacional.

Gran parte de la desazón generalizada de nuestro siglo procede de la falta de fe. Sí. Tal y como te lo digo. La gente ha olvidado que el trabajo es, a fin de cuentas, un castigo divino. Sin ánimo de irritar a los teólogos, creo que el trabajo será lo primero en desaparecer cuando comience el Apocalipsis, inmediatamente después de los teólogos. De modo que todos deberíamos hacer ahora una pausa en nuestra jornada y exclamar el “Ven, Señor, no tardes”. Eso es bastante más práctico que seguir mandando curriculum a diestro y siniestro.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

DLA Clasificados

 

Deja tu comentario

Se está leyendo

Lo último

Encuesta

En este regreso a clases en el sur de Florida, ¿cree que las autoridades han tomado las medidas necesarias para garantizar la seguridad en las escuelas?

No
No sé
ver resultados

Las Más Leídas