Tienen ya blancos los cabellos, el pulso vacilante y elipsis en el relato. Abrazan con todos los huesos, aman con secular perspectiva, y afilan cada tarde el bendito don de la paciencia, viendo lentamente la luz bañar los soportales, y los matices del verde de las plantas, y el primer vuelo fugaz de las golondrinas, que ya van llegando a las ciudades, ajenas al duelo y al luto que se vive a esta hora en España y en tantas otras latitudes.

Ellos son los reyes de las estaciones y el almanaque, el faro que da luz tibia a todo el hogar, la fragilidad hecha cimiento y belleza, el testigo de continuidad a una historia familiar a través del tiempo. Son la alegría de haber vivido, el ideal al que aspiran todos los nietos, la palabra oportuna en el momento exacto. Son abuelos, son mayores, son nuestros héroes, nuestro orgullo y nuestra razón de estar aquí, y guardan en el pecho millones de horas que contar, entre lágrimas, sonrisas y algunas fechas danzantes. Por este adiós tan abrupto, lloran en este Viernes de Dolores las flores más vivas de los parques, y andan de luto jilgueros y gaviotas, vacíos los bancos de los viejos paseos, en esta primavera solitaria y malhadada. Se nos van estos días como en una pesadilla, entre nuestra incredulidad, como hojas secas de un otoño tardío azuzadas por el relámpago de un mal huracán. Y en la lenta y dolorosa partida, se aúnan las tristezas de todos, el llanto de los grandes de corazón. Porque allá donde hay un abuelo, todo un país es su nieto.

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Nos están arrebatando jirones de lo que somos, en medio de distancias de hielo, y convertidos en tristísimos números a los que apenas se puede llorar, con sus despedidas virtuales, sus funerales emitidos por YouTube, y sus últimas palabras recitadas para sí mismos en una soledad verde y absurda, tan solo abrazada por el calor de esos ángeles blancos con mascarilla.

Y, con todo, ellos no apuran el vaso de la pena, ni nos trasmiten otra cosa que calma, ni se escucha en sus labios queja alguna, mientras el hilo de sus pulmones se va agotando y van calladamente perdiendo tierra. Y no deja de asombrarnos su manera de estar en el mundo, dando luz a su gente hasta el último minuto. Enseñándonos a vivir hasta en la forma de macharse, porque a la generación que conoció las guerras, el hambre, la prosperidad y la penuria, la unidad y la inmundicia, lo mejor y lo peor de esta gran nación española, no le duele ni esta muerte ni ninguna otra, que tienen ya la piel endurecida, y hace décadas que la tienden en el suelo cada día para que los demás pisemos en blando. Así nos han enseñado a vivir, partiendo en dos el egoísmo indómito de nuestra generación. Y lo hacen con alegría y sin rencor, incluso cuando a veces no comprenden nada de lo que hacemos, ni de lo que pensamos, ni de lo que decimos, porque este mundo nuestro ya no parece el suyo.

Ellos mantienen el timón firme, siempre enseñando, aunque tantas veces no seamos lo mejores alumnos. Pero ellos son la calma y el sentido común, tal vez porque lo fueron siempre, tiempo atrás, aprendiendo a aguantar la emoción de nuestros primeros pasos en pañales por el pasillo, aquel día que nos salvaron la vida cuando nos arrojábamos en monopatín por una escalera, cuando nos picó aquel bicho inmundo en la playa de los años 80, o cuando el mundo se terminó para siempre porque perdimos a la novia del primer bachiller, cuyo nombre hoy no recuerda ni ella misma. Tal vez por todo eso, padres de todas las experiencias, se marchan hacia el más allá, los tuyos, los míos, y los de todos, regalando alguna sonrisa en el dolor, preguntando hasta el final por las portadas de los periódicos, y recitando antiguas oraciones con una fe tan grande que ya quisiéramos en nuestros corazones, para afrontar la desesperación, la ansiedad y la tristeza de estas horas con su temple y su confianza.

Imagino ya al buen Dios engalanando el Cielo y cruzando apurado el inmenso banquete de los santos, para salir al encuentro y fundirse en un gran abrazo con cada uno de estos abuelos de España, recibiendo entonces a traición sospechosas bolsas, cargadas con su confitura de manzana, sus cuadros al óleo, la foto de sus nietos, sus gorros de lana, o sus regalos de ganchillo. Vestidos con el traje de la misa de los domingos, con las gafas de cerca escurridas, y el bastón firme entre las nubes, tendrán tanto que contarle al Padre que nadie se atreverá a interrumpirles ante el brillo de sus ojos, al mencionar el nombre de cada nieto, de cada hijo, de cada una de las miles de personas que caben en sus corazones, tan dilatados y llenos de sencilla bondad que todo el Cielo al verlos sabrá que solo están regresando a Casa.

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