Sus ojos miran la cámara fijamente sin parpadear. Parece bien alimentado. Con una de sus pequeñas manos sostiene un paquete de galletas, con la otra apenas se apoya para asomar de rodillas la mitad de su cuerpo que se encuentra dentro de una caja de cartón. Lleva puesta una franela azul de rayas blancas que tiene a Mickey Mouse tejido en amarillo junto a unas letras que dicen “Happy”. “Está en shock”, comenta una de las vecinas conmovida ante el hallazgo. “Tiene como dos años”, asegura otra. Impacta su rostro adusto ante la curiosidad ajena. Es un bebé que ha sido abandonado en la avenida Sanz de la urbanización El Marqués, al noreste de Caracas.

Los niños deberían solo sonreír. Llorar ha de ser el instrumento para alertar, recordar, señalar. Y si tienen un dolor, que sea por causas naturales, no por acción de un tercero y mucho menos por quienes lo trajeron al mundo. Pero en Venezuela todo está torcido. La madre del bebé fue detenida un día después del hallazgo. Habría que considerar el tormento que sufrió esa mujer para desprenderse de su niño.

La semana pasada, en el terminal de pasajeros de Maracaibo, dos ancianos fueron abandonados por sus familiares en menos de una semana. Una abuela de 90 años pasó tres días en un banco de metal, esperando por una ambulancia. Según testigos, unos allegados la habían llevado cargada hasta ese lugar para después salir huyendo. Estaba muy delgada, a medio vestir. Las moscas comenzaron a rodearla de inmediato, hasta que murió.

Pocos días después, un anciano con severas señales de desnutrición fue dejado en la misma área. Logró ser trasladado a un centro asistencial. A partir de esa circunstancia, se conoció que personas de la tercera edad suelen resguardarse en el terminal de la capital del Zulia. Tal vez se consuelan, se protegen unos a otros y comparten su tristeza, el dolor de ver partir a sus seres queridos hacia otro destino en el que ellos pesan demasiado para acompañarlos.

Es posible imaginar la última mirada de estos ancianos al ver escapar su vida. También lo que deben sentir quienes los sueltan sin voltear atrás, ejecutando un acto de sobrevivencia con el que han seleccionado a los más jóvenes y dejan a quien está más cerca de morir.

Con seguridad, la culpa perseguirá por siempre a los hijos de estos abuelos.

La frase sonará a lugar común, pero nunca pensamos que esto sucedería en nuestro país.

Los geriátricos se han convertido en depósitos de ancianos cuyos familiares, luego de haber llenado las fichas de ingreso con datos falsos, más nunca regresan. Por eso, entre otras razones, las instituciones encargadas de velar por los pacientes, han visto afectado su funcionamiento. El dinero no alcanza.

Al hambre y las enfermedades, los viejos tienen que sumar la soledad y la tristeza por el abandono de sus seres queridos. Algunos logran fuerza dentro de su depresión y se suicidan. Aunque cifras oficiales, no hay. La estadística es otra ciencia prohibida por la dictadura.

Una comisión de expertos en Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos en materia de salud física y mental y pobreza extrema, recientemente hizo pública la grave situación en la que se encuentran niños y ancianos en Venezuela. Sus conclusiones pueden ser interpretadas como un grito de angustia, sobre hechos documentados. Por ejemplo, la muerte de 16 menores de 5 años que fallecieron en el hospital universitario de Lara por desnutrición e infecciones respiratorias. La conclusión es lapidaria: los hospitales se han convertido en lugar de riesgo por las inexistentes condiciones para atender pacientes enfermos. Los expertos se percataron también de la presión y las amenazas que funcionarios del régimen ejercen sobre familiares, periodistas y trabajadores de los centros asistenciales, para que se inhiban de informar sobre la realidad.

Los profesionales destacaron que los niños mueren por escasez de medicamentos y causas prevenibles. También se refirieron a la extrema vulnerabilidad de los ancianos ante el cierre de centros de atención y ausencia de medicinas y alimentos. Precisaron cómo en el estado Miranda las personas mayores han perdido 16 kilos al año. Quedó registrado el sufrimiento de ellos, al no ser atendidos padecimientos como la alteración de la presión arterial y los niveles de azúcar.

Nada de lo que he narrado, importa a la dictadura. De hecho, el régimen ha propiciado esta tragedia. Es urgente que organismos autorizados y otros gobiernos, se ocupen de salvar las vidas que la dictadura venezolana tiene sentenciadas a morir.

¡Intervención humanitaria, ya!

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