El endurecimiento del régimen militar de Nicolás Maduro y el manotazo que, a la fingida democracia nicaragüense, le propina su déspota – réplica de la zaga somocista - Daniel Ortega, expresan una misma agenda; cabalmente concertada. Ella es compartida y animada por su guía y primer interesado, Raúl Castro, autócrata de la Cuba comunista.

En medio de la incertidumbre que a éste y sus aliados les significa la separación del poder, en Brasil, de Lula da Silva y Dilma Rousseff, artífices del Foro terrorista de San Pablo; la previa derrota electoral que le propina Mauricio Macri al clan argentino de los Kirchner, socios del chavismo en sus crímenes contra el patrimonio público y hoy objeto de grave escándalo ante los jueces; y el deslave de votos que le pone fin la fuerza popular del mismo chavismo y le otorga a las fuerzas democráticas venezolanas una mayoría calificada en la nueva Asamblea Nacional; resulta difícil creer que los fautores cubanos de tales “procesos socialistas” del siglo XXI permanecen impávidos.

No por azar, el 25 de junio pasado, usando como excusa la firma de los acuerdos entre Colombia y las FARC, en la misma ciudad de La Habana, emblema de los más horrendos crímenes de Estado desde la segunda mitad del siglo XX y ahora “meca de la paz” o suerte de ágora ginebrina en el Caribe, Maduro y Raúl conversan sobre Luis Almagro, secretario General de la OEA y su defensa de los presos políticos y del pueblo venezolano, víctima de una hambruna sin precedentes: Venezuela se muere, es el último titular de la revista Time. Y el 21 de julio siguiente, el primero se reúne con Ortega, en Managua, para reafirmar su alianza estratégica y acusar a los Estados Unidos de querer derrocar, según ellos, al régimen de Caracas.

La proximidad de Cuba a los Estados Unidos, en realidad transita por un limbo inevitable, el término del mandato de Barack Obama. De modo que, desprenderse aquélla de los territorios conquistados por su revolución – Venezuela y Nicaragua – no le es fácil, por lo pronto, como tampoco saber si la nueva administración que ocupe la Casa Blanca le será tan complaciente.

Ortega y Maduro cierran filas. Avanzan sobre la misma senda que les asegure permanecer en el ejercicio del poder y, si posible, silenciando o encarcelando a todo aquel que se les atraviese en el camino.

Ortega ha intervenido judicialmente al partido opositor que le hace contrapeso – el PLI – y, a través del órgano electoral, remueve a 28 diputados propietarios y suplementes militantes de éste, para asegurarse que sólo él y su esposa, como candidata a la Vicepresidenta, concurrirán a las elecciones presidenciales del venidero 6 de noviembre. La competitividad y alternabilidad democráticas las extirpa sin miramientos.

A su vez, Maduro y su logia de los Rodríguez – Delcy, Jorge, Héctor, Isaías, y hasta el ex presidente José Luis -, entre tanto fingen un diálogo nacional para amortiguar desenlaces no deseados en medio de la crisis humanitaria que los atenaza. Y ante la pérdida cabal de legitimidad – entre el 80% y el 95% rechaza a Nicolás y quiere su salida del poder – todos a uno optan por avanzar sobre el mismo tablero concertado por Cuba. Sin disimulos, entierran de una vez por todas las posibilidades de un entendimiento con la oposición, al solicitar del TSJ inhabilite al movimiento opositor organizado: la MUD; paralizarle el presupuesto a la Asamblea Nacional opositora; ponerle freno al referendo revocatorio, en acto dónde las rectoras electorales oficialistas elogian al innombrable magistrado de la Sala Penal, Maikel Moreno; y ratificarle – mediante el concurso necesario de éste – la condena penal del líder Leopoldo López, a 14 años de cárcel.

En suma, las condiciones pedidas por la oposición institucional a fin de para abrirle espacio a un entendimiento con el gobierno y sus emisarios – Samper, Zapatero, Fernández, y Torrijos - aquél las patea y éstos callan.

Y mientras amarra su entente con las FARC, el presidente colombiano Juan Manuel Santos, ayer mismo, no más, se acuerda con Maduro para abrir la frontera y ponerle coto a la única variable que aún amenaza a éste con su derrocamiento y por sobre las bayonetas que lo sostienen: el hambre.

Los escenarios son desfavorables para la democracia, pero la presión internacional en contrario se sostiene, por ahora: el secretario General de la ONU denuncia que hay crisis humanitaria en Venezuela, el secretario General de la OEA afirma que el diálogo ha muerto, 15 países del hemisferio – miembros de la OEA - piden se respete la decisión popular de ir a un referendo revocatorio de Maduro, y los presidentes de las democracias en afirmación – Brasil, Argentina, y Perú – califican de “desastre” lo que ocurre.

¡Ya veremos!, el 1ro.de septiembre.

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