Cientos de libros tirados por el suelo. La cara de Lilian, siempre serena, siempre bella, como la libertad. La dignidad y el orden frente a la barbarie y el caos. La fotografía de la mujer de Leopoldo denunciando que los sicarios chavistas han entrado a robar en su casa de madrugada resume muy bien lo que ocurre en Venezuela: lo normal cuando lo chavistas entran en algún lugar es que los libros acaben en el suelo.

Todo aquello que pueda invitar a la reflexión, apelar a la conciencia, o estimular el intelecto queda anulado, maniatado a los pies del dios comunista, que reduce a las personas a cosas. Por eso, exactamente por eso, las tanquetas pasan por encima de los manifestantes. Porque para Maduro, como para Chávez, no son manifestantes, son cosas. Carecen de cualquier dignidad. Como ganado. Peor aún, como piedras.

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Quiero detenerme en este punto. El origen de la revolución siniestra son ideas enormemente perniciosas, que un mal día llegaron al debate político por las grietas del sistema, como lobos disfrazados de corderos. El marxismo, el comunismo, el socialismo, el chavismo, son diferentes formas de destruir la dignidad personal y la libertad individual y considerar a las personas solo como masas. Por eso su discurso siempre es a la masa.

Cuando estos días escuchamos a Lilian, a Leopoldo, a Guaidó o a Maria Corina los vemos hablando a la masa pero dirigiendo sus miradas a las personas, una a una. Maduro, como Chávez, como los Castro solo pueden hablar a masas, como quien se dirige a montones de carne. Por eso gritan reventando la megafonía, por eso no sostienen la mirada, por eso arengan vacuidades revolucionarias, meras consignas idiotas destinadas a enfervorizar a los que previamente han desposeído de su libertad, de su conciencia, de su individualidad.

La suya es batalla perdedora. El hombre no puede renunciar a ser hombre. El cristianismo trajo la gran verdad de la dignidad humana al proclamar que cada persona es individual, única, hija de Dios. Y tarde o temprano, quien ha sido mordido por la falsa quimera de la conciencia de clase descubre la más grande de las realidades: que su conciencia no es de grupo, sino individual. No existe una voz interior que hable a la masa sobre lo bueno y lo malo, existe una sola voz interior, dentro de cada persona.

De ahí que sea tan relevante el video que la familia de Padrino López, con la madre a la cabeza. No le dicen que forma parte de una masa asesina, que estaría perfectamente justificado. Apelan a su conciencia. Apelan a su dignidad y al orgullo con que empezó su carrera. Solo Dios sabe si eso puede mover su determinación y llevarle a dar la espalda a Maduro cuanto antes. Jaime Bayly, nuestro querido columnista en DIARIO LAS AMÉRICAS, lo explicó muy bien el martes en su programa: las palabras de una madre son un golpe en el corazón de un hijo, porque a fin de cuentas todos buscamos obrar de tal modo que nuestros padres puedan enorgullecerse; por eso considera el peruano tan importante ese video, tal vez la última oportunidad que la vida le brinde a Padrino López para pasar a la Historia en el lado de los buenos o hacerlo en el lado de las ratas para la posteridad.

Pienso estos días también en el trabajo de tantos periodistas valientes, contándole al mundo los horrores del castrochavismo. Tantos periodistas silenciados en Venezuela. Pienso en el valor de los jóvenes reporteros de VPI TV a los que agreden y roban, como la gran Antonieta La Rocca o Manuel Fajardo, y por supuesto en su compañero Gregory Jaimes –cuyo cuerpo ensangrentado dio ayer la vuelta al mundo-, o el asistente de cámara Rubén Brito, heridos el 1 de mayo en Altamira, al igual que muchos de los manifestantes a los que daban cobertura informativa en condiciones de repugnante represión totalitaria. Pienso en el sabio Alberto Franceschi, en la valentía de Carines Moncada, en mi querida Diana Carolina Ruiz, y tantos otros.

Pienso muy especialmente en un padre que he visto hace poco en televisión –no he podido guardar su nombre-, en la puerta del hospital, explicando a los medios entre lágrimas que su hijo adolescente acababa de morir, tras caer herido en la represión del siniestro Maduro. Y pienso, sobre todo, en Jurubith Rausseo: 27 años, asesinada de un tiro en la cabeza en la manifestación de Altamira del 1 de mayo; que deja en la tierra dos angelitos de 2 y 4 años. Huérfanos para toda una vida, pero con una esperanza. La misma que albergaba su madre: que Maduro se vaya o que lo echen; que el comunismo sea exterminado de Venezuela antes de que los venezolanos terminen de ser exterminados por el comunismo.

Cuando todo acabe, quiero ver a Lilian sonreír y a Leopoldo mostrándonos su biblioteca de nuevo en orden. Es cierto que nos costará más olvidar la maldad de que los asaltantes hayan robado hasta los biberones de sus niños. Pero entonces las sonrisas de Lilian, de Leopoldo, de Guaidó, y de María Corina, y de tantos, nos recordarán que la luz vence siempre, incluso a las tinieblas más oscurecidas por Satanás, a quien se le acaba ya su tiempo de odio en Venezuela.

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