El inefable Barclays, estrellita presumida de la televisión, conoció a Shakira, cantante colombiana de formidable talento, descendiente de libaneses, hace veinticinco años. Barclays ya era famoso o famosito por su programa de entrevistas que se emitía desde Miami para las televisiones de América. Era delgado, tímido, esmirriado, los ojos achinados, cubiertos bajo un flequillo copioso que parecía una palmera, y acababa de publicar una novela escandalosa, inspirada en su vida, en sus conflictos familiares. Shakira venía llegando a Miami, después de triunfar en Barranquilla, donde nació, y en Colombia, donde reinó. Era bajita, levemente gordita, adorable, el pelo muy negro, azabache, la mirada impregnada de una curiosidad y una ambición salvajes, y quería conquistar primero América y luego el mundo.

Barclays estaba casado, infelizmente casado, y, con treinta años recién cumplidos, era padre de dos hijas que habían nacido en Washington y Miami. Su matrimonio era desdichado por culpa enteramente suya. Amaba a su esposa, la adoraba, pero, al mismo tiempo, deseaba estar con un hombre, amar a un hombre, y eso, la presencia imaginaria o afantasmada de un hombre en el matrimonio, configurando un trío virtual o una amenaza figurada, hacía sufrir a su esposa, que no estaba dispuesto a compartirlo con un hombre ni con nadie. Shakira, por su parte, estaba de novia, infelizmente de novia, con un actor muy guapo y bastante tonto, envanecido, mentiroso, falso como un billete de dos dólares, que la trataba mal, la humillaba, le rebajaba sus sueños y ambiciones y la golpeaba cuando hacían el amor.

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Como Shakira quería conquistar América y luego el mundo, arrendó un apartamento frente a las playas de Miami, compró un coche deportivo rojo y contrató a un profesor de inglés para comandar con pleno dominio aquella lengua que hablaba a trompicones. Shakira le confió a Barclays que soñaba con hablar perfectamente en inglés, al punto de componer canciones y cantarlas en aquella lengua: solo así, cantando en inglés, dando entrevistas en inglés, podría conquistar el mundo, de otro modo el español la mantendría confinada a los territorios hispanohablantes: España y sus excolonias americanas de ultramar. Barclays pensó, asombrado: esta chica de Barranquilla se las trae, piensa en grande, va a por todo, pero será muy arduo que conquiste el mundo cantando en inglés, probablemente solo está soñando.

Una noche de invierno, si en Miami hay algo parecido al invierno, Shakira le mintió a su novio abusivo y Barclays le mintió a su esposa desdichada y se encontraron en un cine para ver Titanic. Barclays se sintió poderosamente atraído a ella. En algún momento de la película, la tomó de la mano y ella no esquivó la mano de su amigo y la apretó con una fuerza prometedora. En otro momento, Barclays la besó en la mejilla y ella sonrió. Barclays quiso besarla en los labios, pero no se atrevió. Al final de la película lloraron mucho, él más que ella, y se tomaron de la mano nuevamente. Saliendo del cine, caminaron por una calle peatonal de moda. La gente reconocía a Barclays más que a Shakira: él era el famoso, ella la aspirante a famosa. Fueron al bar de un hotel. Ninguno bebía alcohol, tomaron limonadas. Shakira le contó a Barclays que estaba enamorada del actor abusivo pero que, al mismo tiempo, sufría y se sentía humillada cuando él la insultaba y le pegaba, en los momentos de intimidad amorosa. Barclays le confesó que amaba a su esposa, pero necesitaba estar con un hombre, algo que había maliciado mucho tiempo. Pudieron pagar por una habitación e irse a la cama, seguramente lo pensaron, Barclays con seguridad lo pensó, pero no lo hicieron. Eligieron ser amigos, primero amigos, quizás después serían amantes. Shakira le dijo a Barclays que tenía un amigo gay, pintor, colombiano, residente en Miami, que quizás le convenía conocer. Días después, Barclays cenó con el pintor. No hubo química. No pasó nada.

Unos meses después, Barclays invitó a Shakira a su programa, la entrevistó por espacio de una hora y se sintió profunda e irremediablemente enamorado de ella. Shakira acudió al estudio acompañada de sus padres. Al final, cuando se despidieron, Barclays creyó ver en la mirada luminosa y esperanzada de Shakira una puerta entreabierta al amor, a la pasión amorosa. Tenía que llamarla, debía atreverse, no podía seguir posponiendo la urgencia del amor. Pero, al mismo tiempo, estaba divorciándose de su esposa, y aquel proceso farragoso, enmarañado, tomando cursillos obligatorios para divorciados que eran padres de familia, lo tenía sumido en una niebla confusa, triste, depresiva. Barclays pensó: llamaré a Shakira y le diré que la amo cuando acabe de divorciarme por fin. Pero luego ocurrió que, apenas se divorciaron, su esposa decidió irse con las niñas de Miami, mudarse a Lima, donde ella había nacido, y Barclays se quedó solo en la casa, las habitaciones de las niñas vacías, desocupadas, el eco de sus voces y sus risas atormentándolo, hundiéndolo en una tristeza profunda que no parecía tener cura ni remedio. Así las cosas, Barclays no encontró fuerzas para llamar a Shakira y decirle que quería compartir su vida con ella. Pensaba: mi vida es demasiado triste para desbordarla o vaciarla sobre alguien. Por eso no la llamó. Esperó a estar mejor. Pero siguió amándola secretamente, furtivamente, como si fuera una conspiración inconfesable.

Cuando Barclays pudo salir de la niebla que turbaba su visión de la vida, ya era tarde: Shakira se había enamorado de un argentino. Barclays conoció al argentino. Era guapo y desastroso, astuto y perezoso, risueño y levemente obeso. Barclays se reconoció en él: nos parecemos bastante, pensó. Por razones políticas, el argentino tuvo que irse de su país. Shakira y él se instalaron en Bahamas para eludir el agobio de los impuestos y la persecución de la prensa acanallada. El argentino manejaba la agenda de Shakira, era muy listo, buen negociador, rápido para leer a la gente. Barclays los visitaba en Bahamas, era un vuelo corto desde Bahamas. No le gustaba dormir en casa de Shakira. Prefería irse a un hotel. En cierto modo sufría o se atormentaba pensando que él debía estar durmiendo al lado de Shakira y no el argentino, pero él fue lento y pusilánime y dejó pasar el tren del amor, si acaso ese tren lo esperaba en el andén, y ahora el argentino se había subido a tiempo y Barclays veía todo desde la estación, como un espectador derrotado o un pasajero lerdo, vacilante.

Shakira quería tener un hijo, pero el argentino no compartía aquella ilusión. Una noche, cenando los tres en Bahamas, ella no pudo evitar un llanto discreto, elegante, cuando el argentino le dijo que no quería ser papá, y entonces Barclays se armó de valor y le dijo a Shakira:

-Si no tienes un mejor candidato para tener un hijo, conmigo puedes contar siempre.

El argentino soltó una risotada. Shakira lo miró con amor, o con un brillo que acaso podía parecerse al amor o insinuarlo. Barclays no se arrepintió de haber dicho lo que dijo. Amaba a Shakira. Quería estar con ella. Ya era tarde.

Tiempo después, fueron en una lancha rápida hasta la isla virgen que ellos habían comprado en el archipiélago de las Bahamas. Era un día soleado, insoportablemente caluroso, y el mar estaba tan transparente que podían ver los bancos de peces, las mantarrayas, pequeños tiburones deslizándose sigilosos, no muy lejos de la orilla. Ya en la isla, el argentino y Barclays fumaron marihuana. Shakira se abstuvo, ella era muy saludable, muy cuidadosa de su salud, y veía con creciente preocupación que el argentino consumiese tantas drogas sedantes y estimulantes. De pronto, apareció en el horizonte un yate. Era la embarcación de un cantante famoso. El argentino no tardó en subir a la lancha rápida y dirigirse al yate. Shakira y Barclays quedaron solos en la isla desierta, no quisieron ir al yate. De pronto, ella dijo:

-Vámonos. Vámonos de acá. Acompáñame.

De inmediato llamó por teléfono a alguien y le pidió que fuese a buscarla. Parecía triste o preocupada o con ganas de llorar. Barclays no sabía por qué Shakira estaba así. Pero estaba dispuesto a acompañarla hasta el fin de los tiempos. Poco después, un viejo y ruidoso avión bimotor amerizó cerca de la isla virgen. Shakira y Barclays caminaron por el mar, el agua hasta la cintura, él pensando un tiburón nos va a devorar, y llegaron al bimotor y subieron. Un piloto negro, en apariencia borracho, rodeado de latas de cerveza en la cabina, les dio la bienvenida etílica y les ofreció cervezas. El aparato tronó y se estremeció cuando levantó vuelo. Shakira tomó a Barclays de la mano y apretó fuertemente. Barclays la miró a los ojos, sonrió y pensó: este es el momento en que la beso en los labios, traiciono al argentino y sellamos nuestro amor. Pero no la besó. No todavía. Miraron hacia abajo, vieron el mar diáfano, turquesa, algún tiburón ocasional avanzando en zigzags, y no separaron sus manos.

Cuando amerizaron cerca de la casa de Shakira, ella habló con el argentino y este le dijo que pasaría la noche en el yate, con su amigo, el cantante, y con las amigas del cantante, todas chicas muy simpáticas. Shakira no pareció molesta o contrariada, antes bien pareció aliviada cuando el argentino le dijo que pasaría la noche en el yate. Tan pronto como el chofer los condujo a la casa, Shakira bajó apurada, con ganas de bañarse y cambiarse de ropa, y Barclays le preguntó si debía irse al hotel.

-No -le dijo ella-. Ven conmigo. Acompáñame. No quiero estar sola.

El personal de servicio doméstico, todos colombianos, se sorprendió al ver que Shakira llegaba con su amigo, y no con su novio, pero no hizo preguntas. A sugerencia de ella, Barclays ocupó uno de los cuartos de huéspedes. Shakira se bañó y se puso cómoda. Barclays se dio una ducha larga y vistió ropa del argentino. Esta es mi oportunidad, pensó. Este es el momento de dar el golpe, se dijo. Esta noche Shakira será mía, malició.

Cenaron juntos, a la luz de unas velas. Escucharon música, tendidos en los sillones de la sala. Caminaron de noche por la playa. El argentino no llamó ni ella lo llamó. Para evitar las miradas o la vigilancia del personal doméstico, se alejaron de la casa, caminando por la playa, y se echaron en la arena, a pesar de que Barclays, que era asperger, no podía sentir la arena en sus manos. Hablaron. Se contaron algunos secretos. Se confiaron sus sueños e ilusiones. De pronto, Shakira le dijo:

-¿Qué estás esperando para besarme?

Barclays no se apuró en besarla, había esperado años para hacerlo. La besó lenta y delicadamente, con sumo respeto, con profunda admiración. No fue un beso fogoso, penetrante, fue una aproximación en extremo cuidadosa, un estudio de las posibilidades eróticas que se abrían ante ellos. Luego Barclays intentó tocarla, acariciarla.

-No -le dijo ella-. Solo bésame.

Aquellos minutos besando a Shakira en una playa de Bahamas de noche, traicionando al argentino, pasarían a ser inmortales o incombustibles en la memoria de Barclays.

Luego regresaron a la casa. Barclays no sabía qué hacer. Shakira le pidió que se fuera al hotel. Temía que el argentino llegase muy temprano por la mañana. No quería que encontrase a Barclays durmiendo con ella. Barclays entendió perfectamente. Se marchó sintiendo una felicidad que no conocía. No dudaba de que era cuestión de días o semanas para que Shakira terminara del todo con el argentino y se entregara sin reservas a él.

Sin embargo, al día siguiente, los tres hicieron submarinismo y Barclays creyó sentir que Shakira lo miraba como si lo que había ocurrido la noche anterior no hubiese pasado en absoluto. Shakira emergió del mar, Barclays salió poco después, el argentino siguió buceando. Entonces Shakira le dijo a Barclays:

-No puedo dejarlo. No todavía. Lo siento.

-No importa -le dijo Barclays-. Yo te espero. Te espero toda la vida.

Pero toda la vida son muchos años. Tiempo después, Shakira invitó a Barclays a Sudáfrica, al mundial de fútbol. Barclays se disculpó, dijo que no podía dejar el programa y además le daba pereza viajar tan lejos, estaba demasiado enganchado a los hipnóticos, era adicto a ellos, tomaba ocho o diez cada noche. Shakira, incansable, viajó a Sudáfrica y entonces conoció al gran amor de su vida, el futbolista catalán. Barclays pasó a ser, si acaso, un recuerdo espectral, fantasmagórico, el hombrecillo vacilante que la besó una noche en la playa. El secreto o la promesa del amor entre ambos se hundió en el fondo del mar, como la joya de la pasajera del Titanic.

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