Era un paisaje aún con la vegetación salvaje y húmeda que acostumbraba su pasado. Una ciudad empapada en vigas de acero, de aceras estrechas como bordillos y carreteras anchísimas, paralelas, perpendiculares y diagonales al mar Caribe. Emilio Andrés Arrieta quedó anclado entre dos palmeras, abducido por los neones, pues en este paseo hasta las piedras se empachan de luz. Vestía harapos y un bastón de palo que regía su andar, su barba acababa en mechones amarillos por la nicotina. Observaba el constante parpadeo urbano, los troncos hilvanados de leds, el aroma de la comida chatarra; el ruido, el sudor y las luces que mojaban el aire. Sus pulmones luchaban por una respiración más serena, por lo que encendió un cigarrillo y, tras una bocanada de muerte amiga, sintió como el oleaje lo empujaba hacia los rascacielos y como los restos de espuma y viento lo presionaban hacia el anonimato de los grandes bloques, edificios metálicos y húmedos como enormes lenguas de hierro, que lamían su identidad haciéndolo envejecer cada vez más rápido.





