martes 3  de  marzo 2026
RELATO

Sancochos, arepas y ajiaco

Narraciones que combinan vivencias y ficción con un claro propósito reflexivo

Por Claudio Reina

Era un paisaje aún con la vegetación salvaje y húmeda que acostumbraba su pasado. Una ciudad empapada en vigas de acero, de aceras estrechas como bordillos y carreteras anchísimas, paralelas, perpendiculares y diagonales al mar Caribe. Emilio Andrés Arrieta quedó anclado entre dos palmeras, abducido por los neones, pues en este paseo hasta las piedras se empachan de luz. Vestía harapos y un bastón de palo que regía su andar, su barba acababa en mechones amarillos por la nicotina. Observaba el constante parpadeo urbano, los troncos hilvanados de leds, el aroma de la comida chatarra; el ruido, el sudor y las luces que mojaban el aire. Sus pulmones luchaban por una respiración más serena, por lo que encendió un cigarrillo y, tras una bocanada de muerte amiga, sintió como el oleaje lo empujaba hacia los rascacielos y como los restos de espuma y viento lo presionaban hacia el anonimato de los grandes bloques, edificios metálicos y húmedos como enormes lenguas de hierro, que lamían su identidad haciéndolo envejecer cada vez más rápido.

Se perdió entre las cuatro columnas de cieno y los mil letreros luminosos, los pasos eran más torpes y el bastón tomó la responsabilidad de ser quien caminara. La vieja rama de fresno, más vieja todavía que él, lo dirigía por entre las calles de Miami. Rascacielos, escaparates y carros agobiaron su memoria. Pronto no sabría ni de su origen, la vara seguía temblando y arrastraba a Emilio por las carreteras. Le detuvo entre dos edificios, allí había una casita de ventanucos con verjas enredadas en garabatos.

El bastón golpeó la puerta.

Abrió una mujer, de tez morena y sonrisa arrugada, lo invitó a pasar.

Arrieta recuperó poder sobre sus piernas y entró al hogar, sin ayuda del bastón. La anciana lo acomodó con un plato de patacones, y pronto el lugar se abarrotó de gente y la casa empequeñeció sin remedio, la cocina desprendía cada vez más aromas, y a todos se les sirvió comida: sancochos, arepas y ajiaco.

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