CARACAS.- En un campamento improvisado y precario, entre moscas y el intenso calor del estado venezolano de La Guaira, familiares de las víctimas del doble terremoto ocurrido hace más de un mes mantienen la esperanza de recuperar los cuerpos de sus seres queridos, una prolongada espera que, según expertos, retrasa el proceso de recuperación psicológica.
Juan Sánchez, de 42 años, recuperó el cuerpo de su madre el pasado domingo y permanece junto a su familia a la espera de que también puedan rescatar el de su sobrino entre los escombros de un edificio de la Misión Vivienda, en Caraballeda, una de las zonas de La Guaira más devastadas por los sismos de magnitud 7.2 y 7.5 registrados el 24 de junio.
"Sepultura"
"Estamos enfocados en el objetivo de conseguir a nuestros familiares para darles cristiana sepultura y que descansen en un sitio digno, y no en un lugar que uno desconozca", afirma.
Para Sánchez, es difícil asimilar la tragedia mientras continúa rodeado de edificios derrumbados o con graves daños, montañas de escombros, maquinaria pesada y otras familias que viven la misma angustia.
"Para poder procesarlo tenemos que enfrentar esta realidad primero y, para enfrentarla, hay que salir de ella. Mientras estemos acá no podemos", señala.
Como "todo ser humano", asegura ser consciente de que un familiar puede morir "en cualquier momento", pero nunca imaginó que tendrían que buscarlo "entre tantos escombros como una aguja en un pajar".
La presidenta de la Federación de Psicólogos de Venezuela (FPV), Clara Astorga, explicó que la sepultura "es sumamente importante para hacer el duelo", por lo que el esfuerzo de estas familias, sometidas a "una situación psicológica muy demandante", forma parte del proceso de despedida.
"Hasta encontrarlos"
Cerca de Sánchez permanece Alejandra Padrón, de 39 años, sentada sobre un colchón frente a las ruinas donde está convencida de que permanece el cuerpo de su tío, quien acababa de cumplir 50 años y cuya voz, asegura, escuchó durante los dos primeros días después del terremoto.
En un pequeño espacio improvisado, cubierto apenas por sábanas y cobijas colgadas a los lados, observa el trabajo de unas máquinas que, según afirma, llegaron con tres semanas de retraso.
"Yo no estaba preparada para esto y no es fácil. No es fácil levantarte y ver este panorama, acostarte escuchando el ruido de las máquinas y que caiga la noche mientras todo queda a oscuras", relata.
Sin embargo, asegura que no abandonará el lugar hasta encontrar a su familiar.
"Él sabe que no lo he dejado solo, que estoy aquí y que no voy a regresar a mi casa sin llevármelo", insiste con la voz quebrada.
En ese momento, Padrón recibe la visita de un equipo de la organización humanitaria israelí NATAN, presente en Venezuela desde finales de junio con médicos, especialistas en salud mental y trabajadores sociales.
Durante varios minutos conversan con ella, con el apoyo de una intérprete local, como parte del acompañamiento psicosocial que la organización presta a las familias afectadas.
Un duelo que sigue en pausa
Tras recorrer la zona, el jefe del equipo de NATAN, Guy Shrayer, asegura que, más de un mes después de los terremotos, las personas que aún esperan recuperar los cuerpos de sus familiares "no han podido empezar el proceso de sanación porque todavía permanecen en ese momento traumático", agravado por las difíciles condiciones en las que viven.
"No hay mucho que podamos hacer. Estas personas han vivido probablemente la tragedia más grande de sus vidas. Lo que sí podemos hacer es acompañarlas, hablar con ellas e intentar estar presentes", afirma Shrayer, de 39 años, quien también participó en las labores de asistencia tras los terremotos de Nepal, en 2015, y de Myanmar, en 2025.
El doble terremoto dejó más de 5,500 fallecidos, al menos 16,740 heridos y cerca de 18,000 personas sin vivienda, según cifras oficiales.
Para Alejandro González, de 32 años, quien permanece en otro edificio colapsado de Caraballeda, ninguna familia, especialmente en La Guaira, "ha tenido la oportunidad de llorar" a sus seres queridos.
"No ha habido oportunidad de procesarlo porque primero hay que sacar los cuerpos, después hacer los trámites, luego buscar a otro familiar y salir a conseguir comida porque los niños tienen que comer. Es un movimiento constante", lamentó.
Shrayer considera que las secuelas emocionales de la tragedia podrían tardar "posiblemente años" en sanar, aunque confía en que el trabajo realizado por numerosas organizaciones contribuya a fortalecer la capacidad de recuperación de las comunidades afectadas.
FUENTE: Con información de EFE