CARACAS.- Venezuela fue secuestrada hace muchos años por una banda de delincuentes que la saqueó y repartió el botín entre toda suerte de maleantes, locales y foráneos. Como en todo secuestro, han estado dispuestos a matar, violar, torturar, chantajear y hambrear a quien fuese necesario. De ese secuestro masivo han huido casi nueve millones de venezolanos. Los otros veintitrés millones siguen cautivos.
Entre ellos, más de mil hoy sobreviven en mazmorras por las que han pasado miles y miles de venezolanos como parte de un sistema de puerta giratoria, un tire y encoge cuidadosamente perfumado por ciertos cómplices internacionales del régimen. El primero y más descarado de ellos ha sido, y es, el expresidente de España José Luis Rodríguez Zapatero.
El caso de Rafael Tudares, esposo de Mariana González y yerno del Presidente electo de Venezuela, no es para nada excepcional. Es, sin embargo, notorio. Y lo es porque revela con una crudeza inapelable lo que padece Venezuela bajo el dominio de una banda dispuesta a todo con tal de permanecer impune.
Desde el 7 de enero de 2025, este hombre inocente permanece encarcelado en condiciones dantescas con un único objetivo: forzar a Edmundo González Urrutia a rendirse y abandonar la lucha que la inmensa mayoría del país le encomendó. Rafael es el rehén. Es la técnica mafiosa clásica. A veces funciona. Esta vez se equivocaron por completo.
Edmundo González Urrutia jamás aspiró a un cargo de elección popular. Pero comprendió con absoluta claridad el compromiso que asumía al inscribirse como candidato en 2024. El régimen intentó denigrarlo, llamándolo abuelo, viejito y otros insultos menores, sin entender que precisamente eso era lo que el país buscaba: la decencia que él encarna.
Durante este largo año de prisión de su yerno, el país ha sido testigo de la entereza con la que el Presidente, junto a su esposa, sus hijas y sus nietos, ha asumido el altísimo costo de haber derrotado al cartel y de haberse mantenido fiel al mandato histórico recibido. No ha titubeado ni un minuto. Entendió desde el inicio que la libertad de Rafael y la libertad de Venezuela llegarán juntas.
Como buen diplomático, sabía también que negociar con delincuentes no conduciría a nada. Lo que le exigían jamás lo haría. Esa firmeza, íntegra y devastadora en lo familiar, revela de qué está hecho este abuelo, padre y esposo ejemplar.
En contraste con la integridad a prueba de chantaje de Edmundo González Urrutia y de su hija Mariana, esposa de Rafael, emerge ahora el relato de las presiones sufridas por la familia. Me conmueve que Mariana haya decidido compartir su historia públicamente. Muchos ya conocíamos parte de ella en privado. Durante meses, respetamos su decisión de guardar silencio, como es de rigor con la voluntad de los familiares de todos los presos políticos.
En el relato descarnado que escribió luego de los pocos minutos que pudo ver a su marido tras más de un año de encierro, aparecen los villanos de siempre. Los cortesanos del terror, indispensables para que este tipo de régimen funcione. Entre varios, el flamante presidente de la Cruz Roja fue bisagra del chantaje. Sin rodeos ni tapujos, le dijo que si su padre persistía en actuar como Presidente electo, ella no volvería a ver a su esposo. Así de simple.
El agravante, gravísimo, es que este chantaje ocurrió en presencia del Arzobispo de Caracas, Raúl Biord, quien prestó el lugar para semejante canallada. Guardó silencio de cobarde o cómplice. Luego negó haber presenciado el chantaje, el instante preciso en que el fiel vasallo de Delcy Rodríguez transmitió la burda amenaza.
El 3 de enero de 2026 dejó claro que esta tragedia no podía resolverse con soluciones convencionales. Llegar hasta aquí solo fue posible porque no nos rendimos, y avanzar exige no delegar en otros la exigencia de justicia. Mientras Rafael Tudares y cientos de venezolanos sigan presos, no podemos callar. Su libertad es nuestra libertad.
FUENTE: Con información de Pedro Burelli