Ese nefasto asesino y dictador que fue Josef Stalin acuñó, como parte de su repugnante legado de pobreza y muerte, la brutal frase “La elección la gana quien cuenta los votos”, expresión que se ha convertido en un insulto para los demócratas y un dogma para las dictaduras, que lo aplican sin condescendencia, tal y como lo hace el régimen usurpador para no quedar a la zaga en estos asuntos que le son comunes. En su afán de perpetuarse en el poder, buscando una legitimación que nunca tendrá para encubrir aún más su fracaso y su imagen de Estado fallido y forajido, anda tras la nueva fechoría de encaminar a Venezuela hacia un nuevo fraude electoral, transgrediendo, otra vez, la normativa constitucional.

Comienza el gran fraude designando de forma ilegítima la autoridad electorera, afianzada por partidos inventados a última hora, conformados por mercenarios de baja calaña que alcahuetean el juego postulando candidatos y respaldando el proceso, más por ambición y resentimiento que por insuficiencia ética. De manera ilícita convoca elecciones y bajo la excusa de la representación proporcional, aumenta el número de curules alterando el algoritmo de elección; designa testigos sin credenciales y concreta un bien manipulado REP con 20.733.941 venezolanos con derecho a votar, todo dentro de los tiempos de un cronograma amañado.

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Está claro que la estrategia del régimen usurpador para el gran fraude no es ganar la elección, es enredarla, embrollarla, es minimizar el efecto demoledor del 80% de repudio popular, como arrojan las encuestas (16.587.153), y que ha confinado su escuálido soporte al no despreciable 20% (4.146.788). La maniobra utiliza el 23% de abstención tradicional (3.815.045) y la merma electoral de la diáspora, según ACNUR (4.500.000), articulando una artimaña que persigue elegir más diputados con menos votos, socavando la fortaleza opositora (8,272,108), con una votación diluida entre los 24 estados que empareje con su base de apoyo, y que sumada al inescrupuloso manejo del dinero sucio, garantice la nula oportunidad de ser electos a una cantidad importante de inicuos cómplices escogidos minuciosamente por el régimen, versus la ausencia total de candidatos opositores dadas las sentencias amañadas de un TSJ ilegítimo que intervino los partidos políticos. De todas todas, el régimen gana y con menos votos logra su cometido de embochinchar el Poder Legislativo.

No se puede aceptar el gran fraude, por eso no vamos a votar, pero no es suficiente la abstención, hay que hacer más, porque ¡a ojo sacao no vale Santa Lucía! No podemos quedarnos de brazos cruzados ante una tropelía política que marcaría el más oscuro destino del país y de sus próximas generaciones. La sociedad civil está obligada a forjar un movimiento que estimule la participación ciudadana con una legítima actividad de protesta dentro del libre ejercicio democrático, de manera contundente y pacífica, rechazando el fraude, enfrentando la maniobra y exigiendo el derecho a elegir con equidad en libertad, asumiendo sin miedo lo establecido en la Constitución.

Queremos elegir, como un derecho y un acto exclusivo e inalienable de la sociedad civil. Queremos elegir, cumpliendo con todas las normas y exigencias de ley; queremos elegir sin presos políticos, ni partidos intervenidos, ni medios conculcados; queremos elegir sin amedrentamientos, ataques ni amenazas, queremos elegir con plena libertad de expresión y observación internacional.

Queremos elegir y votar en democracia, resguardados por un gobierno que garantice la seguridad y los derechos humanos, que abra las puertas a la ayuda humanitaria y al emprendimiento, a la inversión privada que genere trabajo y bienestar; queremos elegir y votar con un ente comicial designado legítimamente, que instrumente un proceso transparente y conceda garantía a electores y candidatos. Queremos elegir sin fraude y en paz.

El autor es gerente de comunicaciones de VenAmérica.

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